Los ourensanos colocan sobre el mostrador sus amores, sus aprecios y sus caprichos. Ellos los tocan y los convierten en oro. O en algo parecido
El 24 de diciembre de 1967 abría sus puertas, en Cardenal Quiroga, la joyería Fuentefría. Fue, a juzgar por el largo recorrido del negocio, una auténtica noche buena. Aquel día Antonio consagraba a una nueva actividad no solo su apellido sino también su dedicación y, en parte, la de su familia. Pasó de un mostrador, el de la camisería Carvajales de la calle de la Paz, a otro, el suyo propio, que ha atendido con mimo y profesionalidad durante más de cuarenta años. En torno a ese mostrador crecieron sus hijos, para quienes la joyería fue siempre una extensión natural de la propia casa. Tanto, que el primogénito, también Antonio, decidió hace una década seguir idéntico camino que su padre después de estudiar Económicas. «Desde pequeños -primero mi hermano Carlos y yo, más tarde mi hermana Gloria- veníamos por la tienda al salir del colegio. Y en vacaciones echábamos una mano. Para nosotros era lo normal», recuerda ahora.
La decisión fue acogida con satisfacción por su padre: «Siempre quise que alguno se dedicara al negocio, sobre todo por lo mucho que a mí me gusta. Nunca quieres pensar que lo que tanto trabajo te costó montar puede acabar tirado por la borda».
Para el representante de la segunda generación tomar el relevo de la primera caía prácticamente de cajón. «Fue una decisión de sentido común. Porque al fin y al cabo esto ha sido lo que nos ha dado de comer toda la vida», afirma Antonio mientras su padre le pasa el testigo de la conversación y lo señala como el auténtico «jefe» del negocio en la actualidad.
La evolución del sector
Si el relevo generacional se ha producido dentro del mostrador, algo parecido ha tenido lugar al otro lado. No es solo que los hijos de los antiguos clientes se hayan convertido, ellos mismos, en clientes. Es que además, según ha podido comprobar el vástago desde su atalaya comercial, los tiempos han cambiado: «En los últimos años ha bajado mucho la edad media del cliente. Ahora puedes encontrarte a una niña de doce años que viene a comprar un abalorio para su madre o para ella misma, cuando antes el perfil mayoritario era el de una señora». Pero hay más. También ha cambiado el concepto de joya. La pieza se concebía antes como una auténtica adquisición familiar, un patrimonio. «Ahora la joya ya no es tanto un bien para conservar sino un bien de consumo. No se busca ese valor para transmitir de padres a hijos, al menos no en todos los casos, sino que se compra lo que está de moda, sobre todo marcas concretas», explica Antonio hijo. Y pone ejemplos: «Vamos, que nadie viene a comprarse una pulsera de Pandora para dejársela a su hija».
Si en el pasado era el joyero el que prácticamente creaba la tendencia ahora debe dar respuesta a las peticiones concretas de los clientes. De ese modo, pertenece ya al pasado la concepción de la joyería como un negocio tradicional y de corte antiguo. El cambio ha sido más marcado que en otros sectores, como el textil, y ha dejado gran parte del negocio a merced de la mercadotecnia aunque ninguna campaña publicitaria podrá arrebatarle a la joya ni su valor económico ni el emocional.
Dice el padre que la tienda ha superado los cuarenta porque ha hecho las cosas poco a poco. Dice el hijo que la empresa familiar da más libertades pero también más obligaciones. Y lo dicen, los dos, mientras la tercera generación -que es más bajita que el mostrador y que alucina con el brillo de las estanterías- visita la tienda en una tarde de lluvia, ajena, por ahora, a la historia de la joyería que es, en parte, la historia de su familia.
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