El acusado, autor de dos asesinatos, declaró en el juicio que apretó el cuello de la víctima durante varios minutos
No quería matarla pero aún así apretó su cuello con su mano durante «dos o tres minutos». Es lo que ayer aseguró ante el tribunal Antonio Gali Balaguer, de 59 años, acusado de haber terminado con la vida de una mujer con la que había contratado un encuentro sexual.
Lejos de reconocer que tuvo intención de acabar con la vida de Aurora D. B. y que fue consciente en todo momento de lo que ocurría -tesis que mantienen las acusaciones- Antonio Gali relató en la sala de vistas de la Audiencia provincial que la noche de autos, la del 21 de noviembre del 2005, discutió con la víctima cuando iban en coche a un motel porque creyó que ella le había robado la cartera. Como ella no quiso devolvérsela y, asegura, la mujer empezó a forcejear, cogió un desvío y detuvo el vehículo en un camino algo alejado de la carretera N-525, en Listanco.
El acusado relató que a continuación él se bajó del automóvil y se fue al otro lado del turismo. «Abrí la puerta y la sujeté por donde pude, mientras buscaba la cartera. Al principio la apreté por el pecho pero me quiso morder, me arañó, así que pensé que si la sujetaba contra el asiento estaría quieta». Y así fue, porque todo apunta a que a partir de entonces poco pudo hacer Aurora por defenderse. «Le puse la mano en el cuello y busqué la cartera, le rompí el pantalón y cuando la encontré la solté».
La dejó sentada
Para entonces la mujer ya no respiraba, pero el acusado asegura que nunca creyó que hubiese muerto. «Cuando quité la mano ya no reaccionaba, pensé que se había desmayado así que la cogí en brazos y la llevé a un lugar cercano a una luz. Le puse la espalda contra una piedra y la senté porque pensé que se despertaría; al fin y al cabo aquello era un castigo para ella por lo que había hecho».
Obviamente, la mujer nunca despertó y su cadáver fue hallado al día siguiente tirado en una cuneta. Los forenses resaltaron ayer que su muerte se debió a una «asfixia por estrangulación» en la que fue necesario el empleo de «bastante fuerza», ya que tenía una fractura de tiroides. «No pudo ser una muerte accidental», certificó un forense.
Ajeno entonces a todo ello, o demostrando una terrible sangre fría, el acusado se marchó. Eso sí, antes de irse le cogió a Aurora los setenta euros que le había pagado por un servicio sexual «que ella no había realizado». A la vuelta hacia Ourense, se acordó de que aún llevaba su bolso y lo tiró por la ventanilla. Después se tomó una copa en un bar y se fue a dormir.
Curioso es que al día siguiente, el imputado volviese muy cerca del lugar de los hechos para empadronarse en el Concello de Punxín. Y aunque supo por los medios de comunicación que Aurora había sido hallada muerta, nunca hizo nada.
Sus actos podrían no haberse descubierto nunca de no ser porque en febrero del 2006 otra prostituta denunció que un desconocido había tratado de matarla asfixiándola, tras invitarla a subir a su coche en la Alameda de la capital ourensana, el mismo lugar en el que había desaparecido Aurora. Ella pudo escapar y aunque Gali fue absuelto de aquel caso, los datos aportados por la denunciante -que ayer también declaró- pusieron a los agentes sobre la pista del sospechoso, detenido poco después.
Considerando lo ocurrido un homicidio, el fiscal reclama quince años de prisión, mientras que la acusación particular, que cree que fue un asesinato, pide veinte años. Ambos solicitan indemnizaciones de 150.000 euros para cada uno de los dos hijos de la víctima, que ayer la recordaron como «una madre que nos educó y nos mantuvo y a la que nosotros queríamos».
Por su parte, la defensa atribuye lo ocurrido a un accidente y reclama la libre absolución para el acusado.
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