El ex gimnasta, después de 30 años en silla de ruedas, sigue contagiando vitalidad y evita ser tomado como ejemplo
20 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.«Este espacio es entrañable. Llego aquí, me relajo viendo el río y pienso en mis cosas, aunque el ruido de los coches en la carretera es infernal». ¿En qué piensas? «En el negocio, cómo puedo mejorar el estanco y en un montón de cosas». Es mediodía y el sol respeta en la playa de la Antena, en el margen izquierdo del Miño y un cartel emborronado por grafiteros acierta a decirnos que «el bosque de ribera es el guardián del río». Pues Luis Roales Fernández debe tener galones de general por su labor de custodia casi diaria del cauce. Un par de personas leen el periódico con interés, tres operarios -uno de ellos lanza un «¡hola, Luis!»-mantienen la maleza a raya, cuatro patos nadan cerca de la orilla y la gente pasea.
«Ves allí, detrás del puente viejo, allí en la calle Ribeiriño nací y allí me caían los mocos». Hay pueblos en esta provincia que tienen menos habitantes que él hermanos: doce, uno ya fallecido. «Mis hermanas iban a lavar al río y allí aprendí a nadar, casi antes que a caminar», recuerda. Era un río en cuyas orillas pastaban las ovejas y a cuyas aguas él se se zambullía «sin miedo ninguno».
Estudió en el barrio, pero «más que mal estudiante, era poco precavido porque dejaba todo para última hora». Su pasión por el deporte, sin llegar a ser enfermiza, fue casi una obsesión. Practicó balonmano, hockey, 300 metros listos, 80 metros vallas, natación, fútbol sala, piragüismo, salto de trampolín, minitramp y por supuesto cama elástica.
Comenzó en esta última disciplina a los doce años y quedó campeón de España en 1978 y 1979. La especialidad que le encumbró también le marcó y le obligó a iniciar un camino que tal vez nunca había imaginado. «Llevo ya treinta años sentado», nos dijo mientras posaba para las fotos acomodándose en la silla de ruedas. Ese asiento al que sigue adherido, «por cierto bastante más cómodo y funcional que los que tuve al principio», es su inseparable compañero de viaje.
Aquel día
Tenía 16 años y el 9 de julio del 79, a las ocho de la mañana estaba entrenando en el pabellón de Os Remedios. Eran las 9.50 minutos: «Estaba haciendo un triple salto mortal con medio giro para que fuese más difícil. En ese momento entró gente del grupo Izarra del País Vasco al gimnasio y me desconcentré. El entrenador (el fallecido Antonio Prada) me dijo que hiciese el último ejercicio y que lo dejase ya. Y fue el último». Se lesionó. Diagnóstico: fractura y luxación de las vértebras cervicales sexta y séptima.
Ese día acabó una vida y empezó otra. O sigue la misma y lo que hace es vivirla de otra manera, tal vez ni mejor ni peor, digamos menos convencional. Ingresó en el hospital de parapléjicos de Toledo, «tres meses colgado en una cama, tuve que aprender de nuevo a comer y a asearme». Una cruz. O no. Salió en el telediario y recibía 30 cartas diarias dándole ánimos. «Poco a poco te vas haciendo a la idea de lo que sientes y de lo que tienes. Siempre quise ser independiente, no una carga y así quiero seguir siendo», resume Luis con una paz de espíritu que pone los pelos de punta y echa por tierra las nimias preocupaciones de los mal llamados válidos .
Más allá de nocivas sensiblerías y miradas de estúpida lástima que tal vez perciba por la calle, Luis Roales se ha construido de nuevo a si mismo. Regenta un estanco en el que trabajan dos personas y trata de innovar a diario en el negocio. El tabaco, demonizado como producto nocivo que es, sigue llevando «a unas 350 personas al día a mi mostrador a comprar ya no cajetillas, sino cartones».
Él dejó de fumar hace tres años por motivos de salud. Recuerda que le dieron dos infartos, seis anginas de pecho, «estuve tres días en coma y diez delirando, por eso desde entonces vivo cada día como si fuese el último».
Ejemplo
Semejante vitalidad parece digna de estudio o de ejemplo. Ojo, que Luis no magnifica estilos de vida porque, según él, «no soy ejemplo de nada ni para nadie, sé que hay gente que me admira, vivo en una silla de ruedas y hago la vida que puedo».
Es por lo tanto, un ciudadano más en una capital «muy amable, pero en donde al 90% de los sitios no puedo entrar y cuando voy al banco tienen que salir a la acera a atenderme». Por lo tanto, paga sus impuestos, pero está inmerso en una sociedad que parece no legislar para mayorías: «pago mis impuestos como todos pero no puedo entrar a tomar un café porque un centímetro en un bordillo es un muro para una silla de ruedas».
Sobre las atenciones públicas que reciben personas como él, sencillamente resume su opinión afirmando que los políticos «dicen mucho pero piensan poco, sobre todo en nosotros, pero no solo en los que andamos en silla de ruedas. Hay señoras que llevan los carritos con el niño y me dicen que se acuerdan mucho de mí cuando tienen que subir con él a una acera».
Pero ahí está él, peleando, disfrutando, leyendo, viendo cine, charlando con los suyos. Viviendo. Su filosofía de vida es sencilla en un mundo complejo: «Trabajo muchas horas porque para mí el trabajo es salud, no sé cómo puede haber gente que lo maldiga». Generalmente casi todos maldecimos desde la soberbia.