En el local social del pueblo de As Bouzas, término municipal de Castrelo de Miño, fue presentada ayer una experiencia pionera en Galicia. Se trata del polígono agrario de asociación dentro del llamado Plan de Impulso Vitivinícola de O Ribeiro. Ese polígono es la concentración de varias fincas de viñedo y de monte que forman una única finca de 30 hectáreas y cuyos propietarios son los 40 vecinos del pueblo este es el fruto de un acuerdo entre todos ellos para sacar mayor rentabilidad a la producción.
Con viñas de 500 y de 600 metros cuadrados no había rentabilidad. Tampoco con las variedades no autóctonas allí cultivadas. A esto se le suma el problema de la no renovación generacional. La solución está en buscar la rentabilidad gestionando entre todos esas 30 hectáreas. El instrumento de gestión va a ser una sociedad en la que cada miembro tendrá representación en proporción a las fincas que haya aportado al proyecto.
Al acto de presentación acudieron el vicepresidente de la Xunta, Anxo Quintana y el conselleiro de Medio Rural, Alfredo Suárez Canal. Allí estaban los interesados y el alcalde, Xurxo Rodríguez, quien alaba esta iniciativa por lo que se positivo tiene para la vida del pueblo. «Vana xestionar cunha sociedade que é parecida á cooperativa sen selo e a Xunta ten previsto aportar 1,5 millóns de euros», indicó la primera autoridad municipal.
Proyecto en marcha
El proyecto no es que se vaya a poner en marcha en un futuro inmediato. Ya se está desarrollando pues desde hace unos días los vecinos han desbrozado la superficie de monte que entra en esa única plantación de 30 hectáreas.
«Iste proxecto é algo novedoso en Galicia. Hai outro semellante na provincia de león que fumos visitar no seu momento», explicó Xurxo Rodríguez. La Consellería de Medio Rural lo que quiere es mejorar la estructura y la orientación varietal de las pequeñas explotaciones, por eso fija un plan para que las pequeñas viñas no queden apartadas de los programas genéricos. Objetivos fundamentales en esto son evitar que esas pequeñas viñas queden abandonadas, lo que acabaría creando problemas fitosanitarios al resto del viñedo trabajado, reconvertirlas y reimplantar variedades y mejorar el rendimiento económico.