La galerista desvela sus temores de que en la ciudad «también la televisión haya ganado a la conversación y a la lectura»
29 mar 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Hubo un tiempo en que el Miño carecía de trampas y brincaba a su libre albedrío con el cauce que la naturaleza le daba en cada época del año, sin que la ingeniería le tocase. «Recuerdo el río sin la presa de Velle, con un bar flotante en el medio, precioso en el verano». Las lúdicas evocaciones siguen hoy prontas en la memoria de Marisa Marimón, reconocida galerista de arte, y brotan por impulsos en un desahogo emocional contagioso: «Ourense era en mis tiempos un lugar maravilloso, con el encanto de las ciudades pequeñas, con las preciosas casas de la calle Santo Domingo, con las placitas del casco antiguo llenas de vida y con lugares hermosos para jugar como la Alameda».
Dicho así uno lamenta no haber vivido aquellos tiempos. Eran las épocas de las tertulias del Miño o del Volter donde se arremolinaban las inquietas mentalidades de la época. Hoy las cosas no son ni mejor ni peor, sencillamente son distintas «porque la sociedad no tiene culpa, sencillamente son otros tiempos en los que apareció la televisión y nos quitó tiempo para la conversación y la lectura, hemos individualizado el ocio y la cultura porque estamos ante el ordenador e Internet, porque vemos las películas en casa y hemos perdido la socialización del cine en sala y porque ahora la gente se encierra en sus casas y ahí construye su mundo».
Pero, ¿Ourense es dinámica o mortecina desde el punto de vista cultural? «No sabría qué decirte», duda ella, para matizar a continuación que percibe ciertos movimientos creativos interesantes.
Son los pros y los contras que caracterizan a las civilizaciones. Con cada cosa que ganan, algo dejan tras de si. Marisa Marimón hace sus razonamientos desde la sensibilidad de una persona enamorada del arte, abocada a convivir con la cultura, con las tendencias, con las vanguardias. «El arte siempre me gustó», dice ella. ¿Cuando nace ese siempre, al abrir su galería en Ourense, antes cuando trabajaba en la agencia de diseño Tramo de Barcelona con Miguel Milá? ¿Cuándo?
Tal vez con ella. Marisa viene a este mundo en Barcelona hace 66 años y hace unas cuantas incursiones en Ourense en la niñez por motivos familiares pero cae rendida en una primaveral juventud que le lleva a postrarse a los encantos de la persona a la que se unió. «Conocí a un gallego y eso es muy peligroso y si es ourensano, mucho más». Y se vino a Ourense. Y tuvo cuatro hijos. Y aplazó proyectos, pero los cumplió.
La galería
En el año 91 es ya dueña de sus propias iniciativas «porque si estás quieta te mueres». Abre la galería que lleva su nombre en la calle Cardenal Quiroga y se siente al principio «mimada por el mundo del arte». Hoy goza de un prestigio que se labró a base de apostar por las vanguardias y los artistas noveles, esos que todavía no están adocenados por las poses y las excentricidades.
«Dime que te horroriza lo que ves, pero no me digas que es una mierda». Con tal sentencia es capaz de plantarse ante una persona que denosta una manifestación artística que no entiende. «A veces la gente se esfuerza por ver similitudes con su realidad y se queda mirando para una obra y es capaz de decir: oye, mira, se me parece a un árbol y yo siempre le digo lo mismo, que no se esfuerce, que no es nada, que no se trata de encontrar parecidos con nada».
Ya, pero cómo distinguimos el arte de los señuelos. Ella lo tiene claro: «Algo que es bueno provoca reacciones positivas ante una exposición aquí o en cualquier otro punto del mundo y críticos y estudiosos que lo analizan, que no se conocen entre sí, son capaces de coincidir en que merece la pena». Ella ha apostado por abrir sus brazos y acoger en su seno a jóvenes creadores, también gallegos, «porque aquí hay grandes artistas, tal vez porque la facultad de Bellas Artes de Pontevedra es un buen vivero» y a nivel local subraya «el gran trabajo que está haciendo la sala Alterarte».
Crisis
Quizá porque apuesta por la juventud aún no está en los circuitos comerciales de las cifras mareantes que dominan ciertos mercados artísticos. Pero no se perciben síntomas de que le vaya mal. Al contrario.
¿Es sensible el arte a la crisis económica? «Lo primero que me apetece decir es que sí, porque no es la comida que necesites para vivir, tal vez puedas prescindir de él, pero no se puede medir con los mismos parámetros», responde. La tentación es pensar entonces que el que tiene mucho dinero no se retrae de colgar en sus paredes una firma de prestigio, pero también se puede creer que hay quien invierte su fortuna en arte como si fuesen solares. «A mi esa gente me gusta poco», aclara.
Los precios
Pero también hay papanatismo, personas que compran por precio porque se pueden permitir el lujo, pero sin saber muy bien lo que llevan a casa. Pero tal vez sean una minoría, débiles que reclaman tener cierta notoriedad social por la ostentación de sus joyas.
En esas reflexiones no pierde mucho tiempo y en cuestiones de dinero tiene claro que «las cosas valen lo que te paguen por ellas, el mercado pone tu precio».
También está la figura del coleccionista, sin que tampoco aparezcan en las páginas amarillas, pero los hay. Ciertos entusiastas atiborran sus espacios con obras o incluso las almacenan tal vez para deleite ocasional o para ir haciéndoles hueco cuando lo hay. Marisa Marimón define al coleccionista como aquella persona a la que «ya no le cabe lo que tiene».
Y como la curiosidad pica siempre, la pregunta va esta vez sobre si hay ourensanos con grandes fortunas en arte. Respuesta rápida, pero política, tal vez para no desvelar secretillos: «Habrá ourensanos con grandes fortunas en arte, pero yo no los conozco».
Por cierto, Marisa, y en tu casa qué tienes. «Un poco de todo, lo que más me gusta es un óleo de Hernández Pijoán, un fabuloso artista ya fallecido y si pudiese tendría un Miró o un Tapies». Palabras mayores.