La asociación Ben Cho Sey homenajeó al gremio de capadores

La Voz

OURENSE

Se trata de uno de los oficios populares más arraigados. Quienes lo practicaban disfrutaban de cierto prestigio

21 ago 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

Hace algunas décadas recorrían las aldeas de dentro y fuera de Galicia. Sus servicios era demandados, valorados y bien remunerados. Los capadores forman parte de esos gremios tradicionales que a su vez forman parte de nuestra historia popular.

Varones, hijos y nietos de capadores, aprendían el oficio a base de práctica y heredaban los conocimientos de sus progenitores y sólo los transmitían siguiendo los lazos de la sangre. Más de un veterinario lo intentó sin éxito. Quienes alguna vez demandaron sus servicios, aseguran que la diferencia entre el trabajo hecho por un capador y un veterinario era más que notable. Y, aunque ahora pueda parecernos lo contrario, salían mejor parados los primeros.

Ayer, en el parador de Santo Estevo, la asociación cultural Ben Cho Sey reconoció la labor de cinco de estos profesionales, que se encuentran entre los ochenta y seis y los noventa y dos años. Así, de manos del escultor Florencio de Arboiro, presidente de la asociación, los hermanos Javier, Juan, José y Graciano Sabín y su compañero de oficio Bautista González fueron homenajeados con una placa conmemorativa y la insignia del afilador.

Oficio reconocido

Hasta que cambió el modelo de producción ganadera, lo que nos sitúa en fechas relativamente recientes , los capadores tenían trabajo de sobra en el rural. Lo más habitual, cerdos, burros y caballos y lo más complicado, los burros y las hembras en general, por lo dificultoso de la operación.

En un coloquio previo a la entrega de las placas conmemorativas, los cinco ponían en común experiencias y sobre el oficio. Un oficio que, según explicaban, estaba mejor visto y mejor pagado que el de afilador. Incluso los veterinarios estaban poco aceptados para estos menesteres, porque «el trabajo quedaba mal y luego tenían que llamarnos para arreglarlo», tal y como explica uno de estos veteranos, quien además destacaba que, en contra de lo que pudiera parecer, era todo una cuestión «más de maña que de fuerza».

Sin embargo, con el éxodo a entornos urbanos el panorama laboral cambió. Las caballerías fueron desapareciendo de los pueblos y con ellas el trabajo. La producción ganadera se enfocó hacia el engorde rápido de los animales, de tal modo que la mayor parte comenzaron a ser sacrificados antes de ser necesaria su castración.

Un modo de vida

Quienes en ese momento ejercían como capadores se pasaron a otros oficios, ya que el suyo apenas tenía posibilidades de ser ni siquiera rentable.

Y es que más que un trabajo, el de capador era un modo de vida. De transmisión oral y vinculado a la familia y a las raíces, llevaba a quienes lo ejercían a pasar temporadas fuera de casa, recorriendo los lugares en los que eran demandados. Todos recuerdan los viajes, las anécdotas y el respeto con el que la gente recibía su llegada y su trabajo. Y aunque ahora, cuando todo se desinfecta y anestesia, su oficio resulte a muchos inconcebible, ellos lo reivindican con orgullo. Son parte de una parte de la historia, la de los oficios populares. Ayer, su paso por ella quedó inmortalizado y dignificado.