EL OJO PÚBLICO
POR SI quedara aún alguna duda sobre la naturaleza del atentado brutal del 11-M, la coincidencia entre el final de la vista y otros hechos dramáticos que han afectado a soldados o a civiles españoles demuestra la auténtica índole del enemigo al que hoy nos enfrentamos.
Un enemigo que en Madrid, en Yemen o en el Líbano considera que Occidente es culpable. Y que, por serlo, los occidentales deben ser castigados cuando van en un tren a trabajar, hacen turismo o tratan de interponerse como fuerzas de la ONU en un agudo conflicto militar.
Es cierto, sin embargo, que el atentado del 11-M fue distinto a todos los demás. Lo fue, primero, por su despiadada crueldad. Pero también por sus implicaciones políticas, al producirse a sólo tres días de unas elecciones en las que uno de los dos partidos con posibilidades de victoria había prometido, si ganaba, retirar a las tropas de un escenario -el iraquí- relacionado directamente con las acciones más sanguinarias del islamismo radical.
Que esa circunstancia -unida al hecho de que perdieran los comicios quienes iban a ganarlos, según todas las encuestas- provocase un duro debate sobre los objetivos terroristas y los efectos de su matanza, resultaba inevitable.
No lo era, por el contrario, que el atentado diese lugar a una teoría conspiratoria que, sin una sola prueba consistente, vino a sostener que los terroristas no eran más que los peones de brega de una estrategia secreta, tramada entre partidos españoles y servicios secretos nacionales y extranjeros para desalojar del poder al Partido Popular.
Que ese partido, primero de un modo abierto y más tarde subrepticio, haya comprado tan increíble mercancía, es algo de lo que los populares nunca deberían dejar de arrepentirse. Pues una cosa es que un medio de comunicación decida agitar un espantajo al servicio de sus estrategias comerciales y políticas, y otra que un partido de gobierno se una a esa estrategia disparatada y mentirosa.
Esa es la razón por la que en el proceso del 11-M se han sustanciado dos juicios paralelos. Sobre el primero, el de la conspiración inexistente, las cosas han quedado ya en su sitio antes de que se pronuncie la sentencia. Sobre el segundo, habrá que esperar a ver lo que decide el tribunal, que, de todos modos, ha realizado una contribución sustancial a la causa de la justicia: dirigir, de un modo ejemplar, un proceso jurídicamente complejísimo y políticamente lleno de trampas e intereses oscuros a los que les ha dado igual lo que se estaba juzgando en realidad: el brutal asesinato de casi doscientas personas cuyo único delito era vivir en un país libre.
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