La agencia Efe entrevistó a Francisco Ayala en varias ocasiones, la última de ellas, el pasado 13 de marzo, con motivo de su 103.º cumpleaños, que se celebraba tres días después. Francisco Ayala estaba «realmente sorprendido de la bondad de la naturaleza» con él. Poco antes de cumplir 103 años, sus ganas de vivir lo mantenían atento a la actualidad, aunque «lo que está pasando es muy duro y desalentador», y su interés por las nuevas tecnologías lo llevó a tener una página propia en Facebook. «Procuro adaptarme a los avances, porque veo que mucha gente se niega a ello y se separa del mundo. Pero yo quiero estar en el mundo en el que los demás están hoy día, no en el que estuvieron hace treinta o cincuenta años», afirmaba el escritor granadino en una entrevista en la que confesaba su secreto para hacerse querer y respetar: «No tratar de imponer nada. Vivir y dejar vivir». En su casa de Madrid y acompañado por su esposa, Carolyn Richmond de Ayala, -«ella es mi vida; si ella desaparece, desaparezco yo», aseguraba- , el escritor se mostraba tan amable y lúcido como siempre, por mucho que él se empeñase en decir que estaba «algo duro de oído y de inteligencia».
Secretos de longevidad
Conocía bien los secretos de la longevidad, y una «buena receta» para vivir es «tomar las cosas como vengan». Con ese espíritu afrontaba su cumpleaños.
Autor de una amplia obra narrativa que lo ha convertido en uno de los intelectuales españoles más importantes del siglo XX, desde hace unos años es el presidente del Patronato de la Biblioteca Nacional, pero hubo un tiempo en que este templo de los libros fue su «primer hogar intelectual», cuando, «de muchachito», se vino a vivir a Madrid. «Entonces no iba nadie, no había prisas; había una especie de confianza general», recordaba. Seguía conservando el brillo en los ojos que ha tenido siempre, aunque él decía que ese brillo «es engañoso» porque había perdido mucha vista.
Era su mujer la que lo mantenía informado de cuanto sucedía en el mundo. «Ahora lo que está pasando es muy duro y desalentador. Todo ha bajado a un nivel ínfimo y no me parece que sea agradable el ambiente humano», manifestaba.