El Museo del genio surrealista que se acaba de inaugurar en la capital belga está diseñado como un túnel del miedo de feria ambulante que impide apreciar su obra
15 jun 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Para conocer, entender y apreciar a un artista lo mejor es contemplar su obra. Es verdad que también ayuda saber algo de su vida y contextualizarla con su entorno histórico, pero lo más importante, y por lo general también lo más complicado, es tener la oportunidad de ver su obra. El resto, casi todo, está en Wikipedia.
Los compatriotas de René Magritte acaban de culminar en Bruselas el ansiado proyecto de dedicarle un museo monográfico y permanente a su pintor favorito, en el que han invertido once años y decenas de millones de euros para adquirir fondos y rehabilitar el inmueble en el que se ubica: junto al monumental Museo de Bellas Artes, en uno de los edificios emblemáticos de la capital belga y en pleno centro de la ciudad.
Durante meses, toda la manzana permaneció oculta por un colosal cortinón decorado al estilo Magritte, metáfora del ocultismo con el que la Fundación Magritte, el Museo de Bellas Artes y la compañía mecenas, Gas de Suez, quisieron publicitarlo. La inauguración, el pasado 2 de junio, fue todo un acontecimiento nacional, pero cuando cayó el telón se desveló la inconsistencia de tanto misterio.
Paredes negras
En línea con esa creciente moda de crear museos temáticos e interactivos, los responsables han diseñado algo así como un túnel del miedo de feria ambulante, con salas oscuras de tétricas paredes negras en las que los cuadros cuelgan con tan cuidada disposición cronológica como improvisado desorden visual, mezclados impúdicamente con paneles y bajorrelieves con frases y documentación vital del autor, como cartas, pasquines, recortes de periódicos y fotos, de tan indudable valor histórico como nulo interés artístico. Además, algunos cuadros ni siquiera se presentan como debieran, con enmarcaciones que solapan la característica firma de Magritte, ubicados en insólitas vitrinas o situados junto a maquetas de metacrilato con insospechados mensajes publicitarios.
Las modernas instalaciones acaban resultando pretenciosas, y el paseo por ellas, tenebroso y desconcertante, hasta desagradable. No se explica que la interactividad consista en situar ostentosas pantallas de plasma y lámparas halógenas de reflejo cegador frente a algunas pinturas, convertidas en espejos sobre los que resulta imposible fijar la vista, que es de lo que se trata. Así, el visitante termina el periplo mareado y con la molesta sensación de que todo está pensado para que no pueda hacer lo que se va a hacer a un museo: ver obras de arte.
«Neutralizar la luz»
«He querido reproducir el ambiente de la casa en la que vivió Magritte en Bruselas, que combinaba un decorado elegante y discreto con la poesía de sus pinturas», dice el arquitecto Winstons Spriet, escenógrafo del Museo, quien se jacta de haber logrado con su montaje «neutralizar la luz del día» en todo el edificio.
Claro que no hay nada de discreto en la instalación, y no parece muy lógico homenajear al autor de obras maestras como El imperio de la luz asesinando vilmente su misma fuente de inspiración.
Porque Magritte era un mago de la luz, un ilusionista capaz de convertir la noche en día en el mismo lienzo y de lograr que una escena parezca a la vez tan real como ensoñada. Un genio, un icono de la pintura surrealista que merecía un Museo donde se pudiera apreciar su obra, y no ocultarla con lo accesorio. Porque para lo accesorio ya tenemos Internet.