Un español, a por el nobel del profesorado

El zaragozano César Bona es uno de los 50 maestros seleccionados entre 5.000 de todo el mundo para optar al Global Teacher Prize, un galardón dotado con un millón de dólares

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Enseñar a leer a niños de nueve años con una obra de teatro, filmar una película muda con los seis únicos alumnos de una escuela unitaria, crear una oenegé virtual internacional de defensa de los animales desde un colegio rural o preparar en una semana un cortometraje. Estos son algunos de los logros que exhibe César Bona, 34 años, natural de Ainzón (Zaragoza) para optar al Global Teacher Prize (Premio Global del Profesorado), otorgado por la Varkey GEMS Foundation y dotado con un millón de dólares (unos 800.000 euros); pero no son sus únicos méritos, porque para conseguir este galardón, considerado el nobel de la educación, el maestro debe ser innovador, comprometido con su entorno e inspirador para alumnos y comunidad.

¿Lo consigue Bona? A juzgar por su vídeo de presentación (vimeo.com/108654119), de sobra: «Logra que todos los niños se sientan orgullosos de lo que han conseguido». Lo dice una exconsejera aragonesa de Educación. Así lo debió de ver la organización del premio: al principio se presentaron 5.000 candidaturas de 127 países; de estas, quedaron 1.300 preseleccionadas y ahora solo hay 50 finalistas, entre los que está el zaragozano. El siguiente paso será esperar a febrero, cuando 10 sean llamados a Dubái.

Mucho más que un currículo, César Bona se expresa en clave de emociones: «Yo puedo visitar mi infancia y recordar lo que me gustaba. Tuve profesores buenísimos, como don Dionisio, que nos daba Lengua, y nos hizo amar la asignatura; y otros que también me vinieron muy bien, como una maestra de sexto con la que odié las matemáticas, pero que ha sido positiva porque me descubrió qué tipo de profesor no quiero ser».

«Vosotros me podéis enseñar»

Desde el primer minuto, el planteamiento de Bona ante sus alumnos ha sido diferente: «Yo les digo ?Soy el maestro, pero no lo sé todo, y vosotros me podéis enseñar?». Ese respeto hacia el alumno es clave. Cuando llegó a la escuela unitaria de Bureta -seis niños de 5 a 12 años- tiró los libros al suelo y les dijo que aprenderían de otra manera. El pueblo, de 250 habitantes, contuvo el aliento. Pero enseguida los padres descubrieron de qué se trataba: les dirigió en una película muda (La importancia de llamarse Applewhite) que ganó varios premios, y en un documental que acercó el mundo de los ancianos al de los niños. Tras su paso por Bureta, dos años, el pueblo está mucho más unido, los niños saben de arte, historia, literatura, geografía, agricultura, zoología... y, dicen sus padres en el vídeo de la candidatura, son más generosos y conscientes.

Después hizo escala en Muel, otro pueblo, donde puso en marcha una protectora virtual de animales, El cuarto hocico (Children for Animals en su división internacional), totalmente gestionada por los chicos de nueve años. Estos consiguieron que su pueblo fuese declarado libre de circos con animales, llevaron su lucha a otros colegios de todo el país, hablaron con el alcalde; acudieron al Congreso de los Diputados y dieron una conferencia con la naturalista Jane Goodall en inglés, los 12 niños y niñas de un pueblo situado a 30 kilómetros de Zaragoza. Empoderó a los menores, les enseñó a defender sus ideas. No solo aprendieron mucho de biología, geografía y hasta política, sino que se han convertido en jóvenes valientes, solidarios y de una llamativa oratoria.

«Nos llevaba muy rectos»

Este año, César Bona cambió de cole, y está en el Puerta de Sancho, en Zaragoza, y en los tres meses que lleva siento tutor de quinto B organizó una película exprés: el lunes se fijó el guion, el martes los personajes, el miércoles rodaron, el jueves doblaron y el viernes llegó el estreno. Se puede ver en YouTube (¿Qué ocurrió en Sancho's Gate?).

Pero que nadie se engañe. César Bona es un profesor que fomenta el valor del alumno como ciudadano, pero no descuida ni el comportamiento ni los contenidos. El primer destino de Bona fue un colegio con mayoría de alumnos inmigrantes y de etnia gitana que con nueve años no sabían leer. El profe escribió una obra de teatro con personajes adaptados al nivel de lectura de cada niño, y al final de curso él aprendió a tocar el cajón gitano y los críos, a leer, sumar, restar y hasta multiplicar. «Nos llevaba muy rectos, no le gustaban las tonterías», recuerda agradecido uno de sus estudiantes.

Hoy en día, en la clase de 5.ºB del Puerta de Sancho hay un alumno encargado de mantener la disciplina, otro que es el abogado de sus compañeros, un historiador que apunta las cosas curiosas que les ocurren y hasta un «cabecilla de los sublevados», a quien el resto envía, de forma anónima, sus quejas. Todos saben cuál es la máxima de su tutor: la exigencia es fundamental, pero sobre todo tiene que servir para uno mismo.