Mi gran boda gitana

Quinientas personas celebraron en Vedra el enlace de Enrique y Miriam

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Nadie debería morirse sin ir a una boda gitana. Sin desmerecer a los casorios convencionales, los cañís compiten en otra dimensión. Y literalmente, porque el jueves por la noche se celebró en Vedra una de las bodas más grandes jamás organizadas por el pueblo gitano en Galicia: quinientos invitados.

Los protagonistas indiscutibles, los novios. Él, Enrique Camacho, 25 años, de Santiago. Ella, Miriam Rivero, de 19, madrileña. Y la comitiva, hasta completar aforo, son representantes de las familias gitanas de Galicia y, por parte de la novia, de Madrid. Eso es una red social y no el Facebook.

Uno siente un cierto respeto al intentar colarse en una fiesta a la que no ha sido invitado. Pero el pudor desaparece en cuanto Sinaí Jiménez, presidente de la asociación Pueblo Gitano de Galicia, te abraza con su gigantesca envergadura y te convierte en un gitano más.

Cuenta Sinaí que esta boda es especial. El novio, su sobrino, es descendiente directo de los primeros gitanos que llegaron a Galicia hace trescientos años, conocidos como los Paulos. Enrique es hijo de Mauricio Camacho, responsable en Compostela de la asociación que preside Sinaí, y que pertenece a la familia de los Monteiros, rama a su vez de los Paulos. Entre otros muchos méritos, tiene la responsabilidad de correr con buena parte de los gastos que genera semejante fiestón. «Si no hay dinero, se pide, pero la boda de tu hijo es lo más importante», dice entre palmas y alegría mientras cantan el Yeli Yeli en honor a la pureza y la honra de la novia.

El escenario del casorio es el complejo Aldea Grande de Vedra. En el menú, langostinos, merluza, lechazo de Burgos... Y una cantidad tal de repostería que los quinientos podrían repetir. Que no nos falte de ná.

Los mirones llegamos a los postres, cuando ya han levantado las mesas y el ritmo es frenético. Justo en ese momento, Miriam y Enrique reciben una lluvia de almendras de colores que, más que lluvia, es un diluvio universal. Los mayores lanzan sobre la pareja puñados y puñados de almendras. «Lo hacen -explica Sinaí- para darle honra a la novia. Ya se ha hecho la prueba del pañuelo, se ha comprobado su virginidad y la familia lo celebra con las almendras, que son un símbolo de pureza». Después de las almendras llega la tarta. Repostería a discreción. Novios e invitados bailan alrededor de las mesas repletas de dulces mientras, sobre un cesto dorado, llueve dinero. Cada uno aporta lo que puede y, con el total, los novios se pagarán el viaje nupcial a Punta Cana que ya tienen reservado.

La boda continuó ayer, en la jornada que llaman «de las sardinas o del bacalao», que es otro banquete pero con la familia más cercana. Recuperarse de una de estas bodas gitanas llevará días. Pero que les quiten lo bailao.