Fernando Ónega: «Adolfo Suárez me encargaba los discursos»

Periodista de amplísima y brillante trayectoria, Ónega vivió la transición desde su mismo corazón. Fue portavoz de Suárez, escribió una docena de sus discursos y creó la famosa fórmula «puedo prometer y prometo», título del libro que acaba de publicar

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JUAN LAZARO
JUAN LAZARO

El libro de Fernando Ónega (Mosteiro, Lugo, 1947), Puedo prometer y prometo. Mis años con Adolfo Suárez es imprescindible para conocer aquellos tiempos convulsos y decisivos de la Transición y al singular político que la dirigió. «He tenido el honor de que el rey me hiciera confidencias y confesiones para este libro», asegura el columnista de La Voz de Galicia. Para el autor, «el rey fue el motor de la Transición y Suárez el ejecutor».

- ¿Cómo conoció a Suárez?

- Lo conozco porque me llama para que le haga el discurso de presentación y defensa de la Ley del Derecho de Asociación Política en la primavera de 1976, cuando era ministro secretario general del Movimiento. Yo le pregunto en qué debemos pensar más, en los aplausos de los procuradores o en los titulares de los periódicos del día siguiente. Me responde en los titulares pero necesito algún aplauso. Se lo hago, se lo mando, no tengo ninguna respuesta y veo el telediario para ver si me sonaba lo que decía y, en efecto, me sonaba. Fue un éxito notable y me llama para darme las gracias. Cuando le nombran presidente del Gobierno me encarga otros discursos. Un día me dijo que me fuera con él y estuve un año como director de prensa de Presidencia del Gobierno.

- ¿Cómo se inventó la famosa frase «puedo prometer y prometo»?

- Hay una reunión en su despacho en la que estamos él, Gutiérrez Mellado y yo. Se había detectado una pérdida de credibilidad del presidente y tenía que hacer el discurso de petición de voto en televisión para las elecciones del 15 de junio de 1977. Me dijo que necesitaba que la sociedad creyera lo que iba a prometer. Lo que hace el escribidor es ponerle música y surge el puedo prometer y prometo. Retocó mucho los dos primeros folios, pero los párrafos del puedo prometer y prometo quedaron intactos.

- ¿Después de esa relación profesional surgió la amistad?

- Sí. Sobre todo desde que dejó de ser presidente. Me llamó para colaborar en una campaña del CDS. Después, llamadas telefónicas. Mi última conversación con él fue el 5 de febrero del 2002 para recordarle una comida que teníamos ese día, nos liamos en una discusión tonta de si yo se lo había dicho antes o no, y me acaba diciendo «lo que tú quieras Fernando, pero aquí el único que tiene que cuidar a su mujer soy yo». Su mujer Amparo llevaba un año enterrada. Se me cayó el teléfono de la mano. Lo volví a llamar en Nochebuena, como todos los años, y la señora que le atendía me dijo «no se lo voy a pasar, don Fernando, ni él sabrá quién le llama ni usted va a saber con quién está hablando».

- ¿Cómo era humanamente Suárez?

- Un seductor absoluto, hay quien le define como el hombre que mejor abrazaba de España, un gran trabajador, de humor cambiante, apesadumbrado por la falta de atención y de cuidado a su familia, con miedo a lo que pensaran sus hijos, sobre todo cuando le zurraba la prensa. Cuando había críticas duras arrancaba la hoja del periódico que llevaba a casa para que no lo vieran. Presumía mucho de la sangre gallega que tenía por parte de padre. No sé cómo se sostenía, pero se alimentaba de tortilla francesa, café con leche y Ducados. Desde estudiante tuvo madera de líder.

- ¿Y políticamente?

- Era un descreído, muy pragmático y no tenía una ideología definida. Hay discursos en los que arremete contra la oligarquía y parece un rojo. Tiene actitudes mentales de demócrata-cristiano, comportamiento de conservador tradicional y, en fondo, hay un espíritu que yo nunca me aclaré si era socialista o falangista en la parte de revolución social. Para mí, era un socialdemócrata.

- ¿Por qué cree que el rey lo eligió para pilotar el cambio?

- Lo conoce en Segovia como gobernador civil en 1968. Mi teoría es que Suárez pasó una serie de pruebas que empiezan con la catástrofe de Los Ángeles de San Rafael, donde hay medio centenar de muertos, y se presenta y coge el pico y la pala para apartar escombros y rescatar cadáveres. Ya de ministro, los sucesos de Vitoria, donde controla la situación y evita que los militares declaren el estado de excepción. Luego está el examen que le hace el embajador de EE.UU. en un largo encuentro. Su candidatura se redondeó con el discurso que le hice que le sitúa a la cabeza de los ministros aperturistas. De la suma de eso, más las conversaciones con el rey y los exámenes de Torcuato Fernández Miranda, surge el Suárez presidenciable.

- ¿La transición respondió a un diseño planificado?

- Le pregunté al rey si tenía diseño, si estaba todo planificado, y me respondió que no, que solo estaba clara la meta, la democracia. Siempre se ha dicho que se había diseñado en una servilleta. El rey niega que existiera. Tampoco los folios que se ha dicho que habría mandado a Suárez.

- Revela aspectos desconocidos de Suárez relacionados con ETA.

- Al final de su etapa de presidente dormía con una pistola en su mesilla de noche en el Palacio de la Moncloa, que entonces era vulnerable. Recibió preparación de un psicólogo por si lo secuestraba ETA. Si le sucedía quería que lo mataran porque no entraba en su cabeza que el presidente del Gobierno se pudiera convertir en moneda de canje en una negociación con los terroristas. Estaba preparado para que fuera así y provocarla. Eso explicaría en parte su actitud el 23-F. Cuando se le decía qué valiente fuiste, respondía yo representaba el Estado y el Estado no se podía tirar al suelo.

- Cuenta que el rey sobrevoló la gran manifestación que hubo tras la matanza de los abogados de Atocha.

- Me lo ha confirmado el rey. Se subió al helicóptero y contempló aquella enorme concentración de civismo absolutamente grandiosa. Le impresionó. Fue lo que abrió la puerta definitivamente a la legalización del PCE,

- Revela que fue el rey el artífice de la legalización, más que Suárez.

- El rey me contó que cuando era príncipe pidió a Ceaucescu que mediara ante Carrillo para que el PCE no boicoteara su coronación y a cambio se comprometía a legalizar el partido. Me relató que los propios militares le dijeron qué raro que no se haya movido el PCE y el rey, que se lo había trabajado, contestó sí, es raro. El motor de la legalización fue el rey y Suárez el ejecutor.

- ¿Por qué dimitió Suárez?

- Por el cerco general, de la prensa, del PSOE con una oposición durísima, la presión constante de los militares, la traición de UCD. Eso le crea una sensación de soledad y desamparo. Y porque entiende que el rey ya no le quiere. Yo le pregunté al rey y me confesó que nunca ha dejado de quererle. Mi tesis es que el impulso final para que dimita es que quiere evitar el golpe de Estado.

- ¿Por qué el rey dejó de confiar en él?

- Porque vio que el país iba mal, que la economía no funcionaba, que Suárez había perdido el encanto que tenía y porque había dejado de ser su hombre.

- Cuenta el dramático encuentro de Suárez y el rey el 16 de julio del 2008.

- El rey me lo contó. Suárez no le reconoce y le dice esa terrible frase, «¿tú también vienes a pedir dinero? A lo que el rey le contesta, sorprendido, con una broma, «yo vengo a pedir dinero donde sé que hay». Al contármelo el rey se emocionó. Le pregunté si esa foto sería posible hoy. Me dijo ya no. Su deterioro físico es muy grande.

- ¿Cómo gestionaría Suárez el desafío independentista catalán?

- Creo que no se hubiera llegado a esta situación, porque habría hablado mucho más con Artur Mas.