Los síntomas son alarmantes. Las exportaciones de mercancías disminuyeron en agosto un 5,1 % interanual, la mayor caída en el último lustro. Nuestros principales clientes reducen sus compras de productos españoles: Francia, un 5,7 %; Alemania, un 1 %; el Reino Unido, más del 20 %. La debilidad de los países emergentes -Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica- los convierte también en fuente de contagio. El Gobierno, en su propósito de restar dramatismo a las cifras, recuerda que el descenso es menor si se mide en términos reales, porque están bajando los precios de los productos exportados. Extraña manera de consolarse, ya que tal cosa solo significa que el lobo de la deflación acecha en la puerta. La fiebre resulta evidente en todo caso: la combinación del frenazo de las exportaciones y el aumento de las importaciones duplicó el déficit comercial en los primeros ocho meses del año. El virus está ahí.
Falló el diagnóstico y fallaron estrepitosamente los protocolos. Se nos dijo que teníamos un problema de costes y de pérdida de competitividad, mientras se derrumbaba la demanda y las empresas no tenían a quién colocar una moto. Europa decretó la política de devaluación interna, especialmente indicada para los países derrochadores de la periferia, y con esa filosofía se aligeraron las plantillas y se bajaron los salarios para abaratar los productos made in Spain. Esas medidas estrangularon el consumo y la inversión, y hundieron a la economía española en la recesión del 2012, pero el Gobierno exhibía entonces el sector exterior como escaparate del éxito: crecían las exportaciones, menguaban las importaciones, la balanza se equilibraba. Y así estábamos, cada vez más empobrecidos pero aparentemente inmunes al contagio exterior, cuando, de repente, vemos cómo las pruebas del ébola dan resultado positivo.
El ministro de Economía, Luis de Guindos, percibe el riesgo, pero no prevé un desenlace fatal. «No se va a producir una tercera recesión», aseguró días atrás. Puesto que los frutos cosechados por la brutal dieta de adelgazamiento ya están marchitos, y el sector exterior ha pasado de sostén a rémora del crecimiento, ahora confía en la demanda interna para arrancarnos de la postración. A falta de vacuna o antivirales eficaces, espera que el propio organismo genere anticuerpos para superar la enfermedad. Olvida el ministro que, después de la amputación de rentas y empleo a que fue sometido, nuestro sistema inmunológico está tremendamente debilitado. Y este no se robustece con pastillas de paracetamol para la gripe ni con minirreformas tributarias que apenas añaden calderilla a los extenuados bolsillos de los españoles.
No hay mascarilla, guantes ni traje protector que eviten a España el contagio de una eurozona en recesión. La experiencia indica que, en el mundo global de nuestros días, ni la economía ni el ébola respetan las fronteras políticas. Siendo así, en vez de empeñarse en fortificar nuestros confortables hogares occidentales, más nos valdría combatir la infección en origen y sobre el terreno. Si no por solidaridad, al menos por egoísmo.