Ayer publicaba este periódico que el castellano es ya el segundo idioma de YouTube. Lo confirmaba Melanie Parejo, responsable de estrategia del sitio web en España y Portugal. La noticia se une a otras muchas que demuestran la extraordinaria vitalidad, y capacidad de expansión, de nuestro idioma común, la segunda lengua materna del planeta tras el chino mandarín y la tercera en Internet, tras el chino y el inglés.
Nada de eso debe importarle un comino sin embargo al presidente de la Generalitat, que, dando nuevas pruebas de su inagotable capacidad para el dislate, acaba de decidir, por supuesto totalmente al margen del Gobierno, pedir el ingreso de Cataluña en la Organización Internacional de la Francofonía, comunidad de países con lengua francesa que tiene entre otros objetivos, según la web de la OIF, su promoción internacional. El disparate sería risible si no afectase a los derechos de millones de catalanes que llevan años soportando una política lingüística que persigue como desvarío enfermizo erradicar el castellano de las cuatro provincias catalanas. Solo así puede entenderse que la lengua común de todos los españoles tenga menos presencia que el inglés en el sistema educativo catalán y que la Generalitat se haya negado durante años, pasándose por el arco del triunfo repetidos pronunciamientos judiciales, a aplicar un decreto del Gobierno del año 2006 que establecía una ¡tercera! hora de castellano en las escuelas catalanas.
Pues bien, para ser claros, en ese país cuyo gobierno autónomo ha decidido solicitar el ingreso en una organización de promoción de la maravillosa lengua de Voltaire, el castellano que resulta sistemáticamente ninguneado desde las instituciones oficiales como un forúnculo a extirpar, es la lengua de identificación del 55% de los habitantes de Cataluña (por el 40% de la catalana y un 5% de otras). Es más, casi el 57% de los catalanes tienen como lengua materna el castellano (por el 35% de la catalana y casi un 8% de otras), el mismo 57% que utiliza el castellano cuando navega a través de Internet, por un 37% el catalán y un 3% el inglés.
Y todo ello tras más de treinta años de la llamada normalización lingüística, instrumento de ingeniería social destinado a alterar por decreto la libertad lingüística de los castellanohablantes. La decisión del presidente de la Generalitat de solicitar el ingreso en la Organización de la Francofonía no es, sin embargo, la simple majadería de quien es un verdadero majadero.
Es la prueba del nueve (del neuf, si me permiten) de una estrategia de los nacionalistas obsesivamente antiespañola: construir un país que solo existe en sus delirios y que solo podrá convertirse en realidad convirtiendo en extraños en su propia tierras a varios millones de ciudadanos de Cataluña que son tan catalanes como Mas.