El ojo público

La segunda muerte de Adolfo Suárez


El anuncio, ayer por la mañana, de que Adolfo Suárez estaba a punto de dejarnos me ha producido a mí, como imagino que a millones de españoles, una extraña sensación: la de que iba a fallecer alguien que, en realidad, se nos había ido hace ya un montón de años.

La grave enfermedad del expresidente del Gobierno, que lo convirtió en una negra sombra del hombre de atractivo humano arrollador que fuera un día, junto con una terrible sucesión de desgracias familiares que lo persiguieron sin piedad (la muerte prematura de su mujer y de una de sus hijas y la grave enfermedad de otra) contribuyeron sin duda a devastar humanamente a quien se ha ganado a pulso el mérito de ser recordado por todos como una de las figuras más importantes de la política española durante la segunda mitad del siglo XX.

Pero en realidad Suárez, sin duda el dirigente partidista peor tratado de su época -no solo por sus adversarios, sino también, y quizá sobre todo, por sus correligionarios- no desapareció de la vida pública como consecuencia ni de su enfermedad, ni de las tragedias personales que se ensañaron con él como un perro rabioso lo hace con su presa. No, Suárez se fue un día, sin hacer ruido ni echar los pies por alto, como la gente de bien, amargado por el trato, cainita donde los haya, que le había dado un país que él contribuyó a transformar como pocos españoles durante la conflictiva centuria en que vivió.

Y es que quien fue el presidente del Gobierno de mandato más breve en democracia (menos de cuatro años en sus dos períodos constitucionales) combinó, desde que en julio de 1976 fue nombrado para el cargo por el rey, en proporción casi perfecta, las tres condiciones necesarias para sacar al país de la dictadura franquista y construir sobre sus ruinas una España democrática: sentido común, audacia y ausencia total de sectarismo.

Suárez fue un hombre de Estado en el sentido que el canciller Bismarck atribuía a dirigentes de ese tipo (los que piensan en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones) y fue, sobre todo, si la palabra no estuviera hoy tan devaluada por quienes, dándole la razón a Samuel Johnson, han convertido su cacareado patriotismo en el último refugio de los canallas, un verdadero patriota.

Basta recordarlo en pie, con esa valentía ética y moral que jamás lo abandonó, mientras los sediciosos tomaban el Congreso el 23 de febrero, para constatar que hombres como él pueden contarse, en cada generación, con los dedos de una mano. Yo no fui de sus votantes, pero estoy ahora plenamente convencido de que pocos políticos han merecido más y han utilizado mejor que él los sufragios que le fueron entregados. Tras los fastos que nos esperan, volveremos a olvidarlo. Pero su ejemplo será siempre el de un buen español: a decir verdad, de los mejores.

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