El primer tiempo de este drama se inicia el 18 de enero, cuando, a raíz de algunas informaciones, el pleno de la Academia plantea diversas críticas relativas a su organización interna, la política de personal, la información presupuestaria y el cumplimiento de sus funciones. Y he de decir que este inicial rebumbio suena a tiro de gracia, ya que no deja de ser mala suerte que, en medio de la que está cayendo, la inmensa mayoría de los gallegos se enteren de que hay una Real Academia Gallega por este motivo tan pedestre, o porque se buscan subvenciones para subsistir, o porque todo se gestiona allí al estilo de las cajas, de los partidos, de algunos ayuntamientos o de la catedral de Santiago. Y eso, en una institución que vive exclusivamente de los presupuestos públicos, es intolerable.
Pero el meollo del drama no está en el detonante, sino en el fondo de una institución que lleva mucho tiempo perdida en un elitismo cultural extemporáneo, que ya no conecta en nada con la realidad social de Galicia, que se enreda en un modelo de cooptación que la estantigua en su propia anemia, y que ya no es referente de nada ni para nada. A pesar de ser siempre oficialista, y una gran reserva de vacas sagradas, la RAG no pudo evitar que tanto el poder autonómico como la universidad y la sociedad fuesen llenando el país de instituciones -CCG, ILGA, IRP y otras- que, aun sin ser dechados de aciertos y virtudes, le fueron minando la autoridad, la imagen y su ámbito competencial, hasta convertirla en ese jarrón chino que nadie sabe dónde poner, ni nadie se atreve a arrumbar de forma elegante y conveniente.
El tercer tiempo va de esgrima florentina, ya que lo único que sabemos de todos los académicos y autoridades concernidas es que nadie tiene intención de herir ni ambición de poder. Y eso no puede ser. Si hay problemas hay que destriparlos, sajarlos y sanarlos, y de ese oficio y circunstancia nadie puede salir ni impoluto ni neutro. Nos deben un debate sin treguas ni componendas, y unas conclusiones amplias, clarificadoras y orientadas a la reforma. Y si después de esto no hay vencedores y vencidos, estaremos ante lo peor que puede suceder: un tongo indecente en el que quedan escondidas y abortadas las verdaderas razones del conflicto.
El cuarto tiempo es el protagonizado por quienes, después de presentadas las dimisiones que meten el problema en la fragua y lo ponen al rojo vivo, pretenden volverlo al pilón sin darle un solo martillazo. Las dimisiones de las más altas instancias, que no dependen de autoridad jerárquica, no son revocables. Y proponerle otra cosa a Méndez Ferrín es como devaluar su personalidad y pasar de lo más serio -una jugada maestra- a la pura trapallada. Porque el quinto tiempo de este drama sería el más trágico: haber empezado la movida, y hacer un cierre en falso.