Cantero, socialista,  empresario y alcalde

En la ciudad de las burgas había dos ayuntamientos divididos por el Miño. Y dos alcaldes de vida paralela: canteros y «maestros de obras» los dos, precursores en la provincia del ideario socialista que propagaba Pablo Iglesias, juntos de nuevo en las filas del Frente Popular y víctimas ambos de la represión desatada por militares sublevados.


Al regidor de Ourense, Manuel Suárez Castro, lo fusilaron en julio de 1937. Al de Canedo, el empresario Secundino Couto Solla, le perdonaron la vida, pero le robaron su libertad y le incautaron sus bienes.

En las últimas Navidades del siglo XIX, Pablo Iglesias recorrió las ciudades gallegas para difundir su credo y organizar los primeros baluartes del emergente partido socialista. En Ourense, última etapa de su periplo, mantuvo dos reuniones en diciembre de 1899. En la primera, organizada por las sociedades integrantes del Centro Obrero, se ocupó de los salarios y la jornada de trabajo. Iglesias calificó de «mísero» el jornal de cinco o seis reales que percibían los obreros y fustigó a los patronos que, en vez de basar la productividad «en el perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo», arrancaban plusvalía a «la sobriedad del obrero». La reunión la presidía O Canteiro, significativo apodo que singularizaba, en una tierra pródiga en excelentes canteros, al joven de 26 años que encabezaba el puñado de anfitriones del fundador del PSOE.

Días después, Secundino Couto Solla, O Canteiro, era designado presidente de la renovada agrupación socialista de Ourense y del Centro Obrero. No fraguó, sin embargo, su prometedora carrera en la cúspide del joven partido. El obrero se transformó paulatinamente en patrón: antes de concluir el primer tercio del siglo pasado, el pionero del socialismo ourensano se había convertido en presidente de la asociación patronal.

EMPRESARIO Y REPUBLICANO

Diversas fuentes -en especial, la amplia información gráfica y escrita publicada por su nieta Hilde en el blog Relaciones- enumeran algunos mojones en la trayectoria de Secundino Couto. El cantero que cincela algunos de los emblemáticos edificios modernistas de Ourense proyectados por el arquitecto Daniel Vázquez-Gulías, como el Hotel Miño o las casonas de Fermín García y Alfonso Junquera. El maestro de obras que, al frente de una cuadrilla de obreros, remata el claustro del Colegio del Cardenal, en Monforte, tres siglos después de su inicio. El contratista que, al tiempo que preside el Centro Obrero, obtiene adjudicaciones de obra pública -alcantarillados, pabellón de la banda de música, osario y lápidas para el cementerio- y, en abril de 1906, el encargo de levantar en tiempo récord, con un presupuesto de 30.000 pesetas, la plaza de toros de Ourense. Couto cumplió la encomienda y el «circo taurino» de Mariñamansa, construido de madera, hierro y cimentación de piedra del país, fue inaugurada el 13 de junio de 1906. Años después, el obrero-contratista culminó su travesía con la fundación, al pie del puente nuevo que unía los municipios de Canedo y Ourense, de una fábrica y almacén de materiales de construcción.

Ya en el umbral de la República, Secundino Couto, al tiempo que regentaba una de las empresas más destacadas de la provincia, conspiraba contra la monarquía. Formaba parte del comité ourensano de la Federación Republicana Gallega, junto a Roberto Blanco Torres y Luis Fábrega, y militaba en el Partido Republicano Radical Socialista, de cuyo comité ejecutivo ocuparía la presidencia. El cantero, nacido en 1873 en el seno de una familia humilde de Mourente (Pontevedra) y casado con la chantadina María Domínguez Polín, alcanzaba la alcaldía de Canedo en 1931.

INDUSTRIA FLORECIENTE

Cinco años después estalló la Guerra Civil que desbarató la vida y la hacienda de Secundino Couto. Apenas un mes antes del alzamiento militar, la prensa se hacía eco de la expansión de su empresa: acababa de adquirir la fábrica de «productos portland» -cementos y derivados- denominada Galicia Industrial y emplazada en A Rúa, ampliaba sus instalaciones de Canedo -empezaba a fabricar cepillos, brochas y toneles- e iniciaba la construcción de las escuelas graduadas de A Estrada.

Su industria florecía. El Pueblo Gallego la consideraba «una de las organizaciones de más desarrollo y pujanza», subrayaba la amplitud de su plantilla y le auguraba un «porvenir espléndido». Varias naves enclavadas en la margen derecha del Miño cobijaban las secciones de carpintería y ebanistería, cerrajería y pintado. La empresa de Secundino fabricaba bloques de cemento, cornisas de balcones, tuberías para conducciones de agua y baldosas. Colocaba «en el mercado más de tres docenas de tipos distintos de mosaico, de maravilloso resultado y duración». Disponía asimismo de almacén de cales y cementos, de artículos sanitarios «y de novedades de gran confort para las viviendas modernas». Cuando se desató el vendaval de la guerra, estaba «ensayando la construcción de cruces y frisos para cementerios», con la colaboración de «un escultor de fama».

LAS REPRESALIAS

El 18 de julio de 1936 se interrumpe la ascensión. Los sublevados detienen a Secundino Couto, lo deponen de la alcaldía y le confiscan bienes por importe de 470.000 pesetas. Abogan por él algunos de los comerciantes más relevantes de Ourense, como Santos Tabarés, Alfonso Abeijón, José Rodríguez Pérez, Manuel Seoane o Nemesio Pereira. El propio alcalde que releva a Couto por imposición de los franquistas, Fermín Campuzano, reconoce que su antecesor «es apreciado por sus convecinos», lo califica de «buen ciudadano» y lo considera «persona de orden». Añade Campuzano un dato (positivo en aquellas circunstancias): «Últimamente, en esta localidad, era combatido por los comunistas».

Los testimonios favorables tal vez salvaron la vida del empresario, pero no evitaron la condena. Secundino había «olvidado», según la comisión provincial de incautación de bienes, «que era obligación fundamental de toda persona de orden el no tener tratos ni relaciones con los elementos del Frente Popular». Le impusieron penas de prisión, que cumplió en las cárceles de Ourense y Celanova, y una peculiar modalidad de «trabajos forzados»: la restauración, a sus expensas, del monasterio de Oseira. Pero, al menos, Secundino Couto Solla vivió para contarlo.

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