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La flota inmóvil de las rías gallegas

r. estévez, e. abuín VILAGARCÍA / LA VOZ

SOMOS MAR

MARTINA MISER

Sostén del sector del mejillón y rasgo de nuestro paisaje, los viveros de hoy en día no se parecen a los de hace 70 años

26 sep 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Suele pasar con las grandes ideas: les salen padres por todos lados. En casi cualquier localidad con tradición mejillonera presumen de tener entre sus vecinos a aquel genio que, en la primera mitad del siglo pasado, tuvo la ocurrencia de colgar unas cuerdas en el mar para cultivar en ellas mejillón. Pero la historiografía oficial dice que las primeras bateas gallegas se instalaron en Arousa, frente a Vilagarcía, en el año 1946. Aquellos artefactos, que poco a poco fueron floreciendo sobre nuestras aguas, no tenían mucho que ver con los que hoy en día sirven de sostén al que es, probablemente, el mejor mejillón del mundo.

Aún quedan testigos del nacimiento de la mitilicultura en Galicia. Hombres y mujeres que recuerdan cómo sus padres o sus abuelos decidieron un buen día apostar por aquella locura de cultivar un marisco negro, sabroso pero sobre todo humilde, muy humilde. Los pioneros no contaban con ningún apoyo técnico: las bateas, que ya existían en algunos puntos de la costa mediterránea, eran aquí unas desconocidas. «As primeiras facíanse con barcos vellos. Barcos que xa non se usaban, que se utilizaban como plataforma». Quien habla así es Manuel Sánchez Torrado, una autoridad en la materia: lleva 58 años dedicado a construir viveros flotantes. 

Del barco al tonel

Los cascos de aquellas embarcaciones agotadas de navegar se recubrían de hormigón, y sobre la cubierta se tendían unas vigas que mantenían el equilibrio mediante un sistema de cables y tensiones. Con el paso de los años, los barcos fueron relevados como base de las bateas gallegas. Tras mucho discurrir, los primeros miticultores encontraron en los barriles de vino la base sobre la que levantar su futuro. «Usábanse os de 420 litros. Para facer unha batea facían falla uns vinte», comenta Manuel Sánchez. En aquellos momentos, en los que nada estaba escrito, «todo o que flotaba valía para facer unha batea».

Pero también pasó el tiempo de los toneles. Los viveros construidos sobre ellos eran demasiado inestables y frágiles para el mar. La necesidad volvió a agudizar el ingenio y aparecieron los primeros flotadores de madera, recubiertos de cemento, sobre los que se tendía una rejilla de vigas de eucalipto. Aunque hubo quien exploró el uso de flotadores de hierro -eran demasiado caros y se corroían en pocos años-, los de madera sirvieron una larga temporada. Es más, fueron los artífices de la colonización de las rías por esos artefactos que ya forman parte del paisaje. 

Otros materiales

A los flotadores aún les quedaba una evolución más. Cuando la gran flota inmóvil estaba ya bien instalada, el poliéster entró en escena. Y ahí sigue, manteniendo a flote el emparrillado de madera que, ese sí, parece no haber cambiado tanto. ¿O sí? En los 90, recuerda Eduardo Chantada, constructor de bateas vilanovés, hubo quien intentó cambiar las vigas de madera por otras de materiales más modernos. Fracasaron.

La transformación más notable de la rejilla de madera se produjo cuando las faenas de laboreo del mejillón pasaron a hacerse en los barcos. Entonces desaparecieron aquellas casetas que se erguían sobre las bateas y que los turistas confundían con exóticos chalés.

Pendiente de un cambio de la legislación

No disponible

La batea redonda, también denominada medusa, no encontró hueco por los límites legales, que no permitían instalar en las rías viveros de más de 27 metros, cuando esta tiene 34 de diámetro.

Ideada para sortear los temporales bajo el agua

Bautizada como Extrumar I, el artefacto podía sumergirse hasta siete metros de profundidad para sortear los temporales. Está hecha con vigas de aluminio y mide 27 metros de largo por 20 de ancho.

Una plataforma de superficie variable

La propuesta de Metal Marine es una batea que se construye por piezas independientes, como si fuera un mecano, que permitía al bateeiro variar tanto la superficie del vivero como su geometría.

Vigas de polietileno en vez del tradicional eucalipto

MARTINA MISER

Han sido varias las empresas que han propuesto cambiar el material tradicional del emparrillado de la batea, la madera de eucalipto, por polietileno, plástico que requiere menos mantenimiento. 

Pros y contras del plan de la Xunta para ampliar la superficie de las mejilloneras

Hace unos días, la conselleira Rosa Quintana reunía a la Comisión do Mexillón para exponer un plan. En concreto, un plan de modernización de las bateas que tendría una doble función: captar fondos europeos por valor de 30 millones para renovar los viveros y, al mismo tiempo, mejorar la producción. La propuesta pivota sobre la ampliación de la superficie de las bateas, que pasaría de los 550 metros cuadrados actuales a 900, y la separación de las cuerdas a fin de reducir la competencia por el alimento. Manuel Sánchez y Eduardo Chantada, dos veteranos constructores de bateas, mueven la cabeza cuando se les pregunta por ese plan. «Iso é case imposible. Sinceramente, non o vexo», dice el primero desde Barbanza. «Galicia ardeu de punta a punta. ¿De onde pensan sacar as vigas de eucaliptos para facer bateas dese tamaño?», plantea el segundo desde Vilanova. Y, aunque se pudiesen hacer empalmes artificiales, «iso non aguantaría no mar».

Dejando a un lado consideraciones constructivas, lo cierto es que el plan de la Xunta, lanzado en plena campaña electoral, ha desatado todo tipo de reacciones. Colectivos de Arousa consideran el plan como «un caramelo envenenado» que no responde a las prioridades del sector y que, para más inri, es una puerta de entrada en las rías a las bateas redondas de la acuicultura multitrófica, demasiado grandes para encajar en el espacio que ocupan las mejilloneras tradicionales. Pero hay quien discrepa con esa visión tanto entre los productores como entre los depuradores, que sostienen que la propuesta mejorará la calidad y resolverá algunos problemas actuales.