De gira dominical con el pastor del valle

Acompañamos un domingo al dinámico cura de Oural, con 17 parroquias a su cargo

De gira dominical con el pastor del valle Acompañamos al cura de Oural un domingo cualquiera. Tiene 17 parroquias a su cargo

Sarria / La Voz

Hace frío al lado de la iglesia de Santa María de Vilamaior (Sarria). Es un templo pequeño pero limpio y bien restaurado, con su cubierta casi nueva. No se mueve una hoja a las nueve y media de la mañana, hasta que llega el Focus de don Julio, que aparca en un pequeño lameiro junto a la iglesia, baja y toca la campana. Hoy hay misa de domingo. Hacía casi un mes que no ocurría, pero Julio Fernández Doval, 63 años, sacerdote y con 17 parroquias a su cargo, ya había estado el día anterior, en un funeral. Así que hace una predicción: «Aquí non imos ter máis que seis ou sete persoas». Abre la puerta y sigue su rutina, coloca las libretas donde están los cantos, enciende velas, se va vistiendo y contando cosas: «Aquí veño dúas veces ao mes. Tento facelo en todas as parroquias». Explica que se van adaptando a la configuración que establece un centro interparroquial donde todos los domingos hay misa a las doce y media. Y, según el día, acude antes a oficiar a unas o a otras.

El centro, explica, es también la referencia de la vida religiosa en su ámbito territorial: donde se hacen las grandes celebraciones, la catequesis... Mientras sigue con sus explicaciones un par de mujeres acceden al templo; luego llega un matrimonio. La puerta se cierra a las diez en punto con seis feligreses, ante los que don Julio oficia una misa exprés: «Chega ben», dice una señora a la salida. El escaso público se detiene un momento en la fría mañana antes de volver a casa, para ratificar que están encantados con su párroco, al que despiden a coro, aunque el cura escucha la petición de una feligresa: «A próxima semana, un pouco máis tarde, eh?». Y sonríe. Como si estuviera el patio para elegir la hora. A las 10.25 ya vamos camino de la siguiente parada: Nespereira, donde la misa es a las once.

-Un poco justos de tiempo.

-Nah. Está todo controlado. Xa teño os tempos moi tasados.

Y así debe ser, porque atravesamos las pistas interiores del concello mientras el cura nos explica que estamos en el noveno coche desde que se ordenó: «Tiven un 127, dous Pandas, tres Ford Fiesta e agora xa vou polo terceiro Focus». Y de todos tiene cosas que contar. Jovial y locuaz, Julio Val no permite el silencio.

Nespereira y Oural

En Nespereira se repite la escena de Vilamaior, aunque con algo más de público. Una señora explica que viene desde un concello vecino, que es donde reside, pero acude a la misa de su parroquia natal porque allí están enterrados sus padres, dando otra clave al sentido que tiene mantener el culto en estos lugares azotados por la despoblación. Mientras el sacerdote prepara la misa, en el exterior se aprovechan los ya no tan abundantes rayos de sol para recordar que en aquella parroquia hubo escuela y médico. Pero cuando Julio Fernández inicia la liturgia, la pequeña iglesia cuenta con nueve feligreses.

De nuevo en el coche, Julio responde sin subterfugios cuando le pregunto cuánto gana: «O salario mínimo máis un complemento por quilometraxe. Uns mil cen euros ao mes». Lleva pateando la zona desde 1983 y ha vivido como testigo excepcional la acelerada despoblación del medio rural y la caída de efectivos de la Iglesia para atender a su gente y a su patrimonio, pero celebra seguir adelante porque, dice, en las parroquias rurales es donde se puede llevar adelante una labor pastoral más directa. Y, evidentemente, todo el mundo conoce a este cura, chaparro y dinámico, coronado con una densa cabellera de pelo blanquísimo y al que cuesta seguirle el ritmo: «É que fixen deporte ata hai pouco. Xogaba ao fútbol».

La siguiente y última parada es Oural, la villa cementera que tanto echa de menos los buenos tiempos de Cosmos. «A igrexa é un monumento ao cemento», nos dice el cura. Y así es: una construcción semicircular, moderna y de puro hormigón. Allí sí, asistimos a una misa más reposada y con un público de mayor densidad poblacional. Hay familias con niños, gente mayor y un coro muy animado que dinamiza la liturgia. En total, unos sesenta feligreses. La iglesia parece llena. Esa es la misa que constituye la celebración central de la semana y el cura ha bajado revoluciones. De la acelerada gira matinal ha pasado a un modo más pausado y reflexivo. Cuando acaba, un grupo de señoras explican cómo colaboran en la catequesis, el coro, los preparativos de las fiestas: «Sábenos levar», dice una de ellas.

Más tarde, Julio contará el trajín que le suponen fiestas, funerales y aniversarios, mientras nos enseña el cercano Valle de Lóuzara, donde un día fue el párroco y donde todo el mundo lo conoce y lo saluda. Él también los conoce. A fondo, muchas veces. ¿Qué va a pasar cuando ya no pueda? «Xa se sabe que nós morremos coas botas postas. Pero alguén virá substituírnos. Seguro».

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