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Ángela Ruiz Robles, el eslabón perdido de la historia del libro electrónico

El primer «e-book» no se gestó en Illinois, sino en Ferrol, en la cabeza de una maestra adelantada más de medio siglo a su tiempo y nacida hace hoy 121 años

La Voz 29 de marzo de 2016. Actualizado a las 01:15 h. 47

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Ángela Ruiz Robles pasó de puntillas por la historia de la ciencia. Maestra ferrolana, se adelantó más de medio siglo a su tiempo y, en plena posguerra española, ideó el primer libro mecánico, precursor del actual e-book, mal atribuido -al menos de forma inexacta- a Michael Hart. Porque la primera enciclopedia electrónica no la inventaron en Illinois, sino en la esquina noroeste de España. Lo acredita una patente otorgada en 1949 y el prototipo que se construyó, siguiendo las instrucciones de doña Angelita, en el Parque de Artillería de Ferrol, un artilugio que primero descansó en el Museo Pedagóxico de Galicia, en Santiago de Compostela, y que actualmente se puede visitar en A Coruña, en el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Nació hace hoy 121 años en Villamanín, León. Hija de una familia acomodada, Ángela Ruiz Robles se trasladó a Ferrol tras aprobar las oposiciones de maestra. Fundó una academia para adultos, que llamó Elmaca en honor a sus tres hijas -Elena, María Elvira y Carmen- y se jubiló dando clase a obreros que alfabetizaba de forma gratuita y desinteresada. Le dio tiempo, además, a escribir 16 libros. Pero doña Angelita era conocida, sobre todo, por sus innovaciones pedagógicas. Visualizó la era de las pizarras digitales con varias décadas de antelación. «El futuro habla, pero pocos entienden lo que dicen». Ella lo comprendía a la perfección. Y también que no debía perder el tiempo. Su mente privilegiada y su profunda vocación por la pedagogía y la educación le marcaron el camino. ¿Su objetivo? Aligerar los kilos con los que los alumnos cargaban sus espaldas resumiendo en un único libro todas las materias, hacer más atractivo y, al mismo tiempo más sencillo, el aprendizaje; en definitiva, convertir la enseñanza en algo interactivo y estimulante. Y en la primera mitad del siglo XX.

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Lo que Ángela Ruiz Robles esquematizó en su cabeza como un «proceso mecánico, eléctrico y a presión de aire para la lectura de libros» tomó finalmente forma en los astilleros ferrolanos. Su idea se materializó en un pesado artefacto con carretes, construido con materiales rústicos que, lamentablemente, le cortaron las alas. Se trataba de un soporte único que permitía leer varios libros cambiando unos carretes con el contenido escrito. La maestra tenía otra idea: que se fabricase con componentes ligeros, que resultase fácil de transportar en las mochilas. Pero nunca llegó a las aulas. Tampoco consiguió convertirse en libro electrónico, pero casi.

El libro electrónico de Ángela Ruiz Robles constaba de dos partes. La primera, de conocimientos básicos: lectura, escritura, numeración y cálculo. Haciendo presión en abecedarios y números se formaban sílabas, palabras y lecciones. La segunda funcionaba con bobinas, cada una dedicada a una materia. Y podía incorporar luz y sonido. El dispositivo estaba cubierto por una lámina transparente e irrompible, con cristal de aumento. E incorporaba, además, una luz, para que se pudiese leer en la oscuridad. Además, sumaba sonido con las explicaciones de cada tema. Todo en el tamaño de un libro, «de facilísimo manejo y peso insignificante», describía la propia autora. «Fue no solo una avanzada a su tiempo, sino una revolucionaria, porque en su patente añadía la posibilidad de incorporar en el futuro innovaciones como pulsadores de voz y calculadoras e intuía ya la importancia de aprender idiomas como el inglés y el francés», explicó a La Voz el nieto de Ángela Ruiz Robles hace tres años cuando el ministerio de Economía rescató con documentos inéditos su figura y su revolucionario invento

Tuvo, sin embargo, el ingenio de Ángela Ruiz Robles un apuesto pretendiente: Estados Unidos. Los norteamericanos le echaron el ojo al invento y desde Washington hubo quién rondó a la gallega para hacerse con su patente. No lo consiguieron. Doña Angelita, maestra en Mandiá, ni se planteó hacer las maletas y poner rumbo a América. Quería que el invento se quedase en Galicia, en Ferrol.

La Historia muchas veces se empeña en que en estos casos sea al contrario, pero a Ángela Ruiz Robles el reconocimiento le llegó en vida, a tiempo para recibir diversas y prestigiosas distinciones como la Cruz de Alfonso X El Sabio a su Profesionalidad o la Medalla de Oro y un Diploma en la I Exposición Nacional de Inventores Españoles, celebrada allá por el año 1952. En 1998, el colegio público de Ferrol Ibañez Martín colocó una placa en su honor. Y este lunes, en el 121 aniversario de su nacimiento, Google le dedica uno de sus emblemáticos doodles.

Ángela Ruiz Robles no consiguió, sin embargo, lo más importante al margen de insignias y aplausos: que una empresa española fabricara su invento. Lo exhibió por las ferias de toda España, repitiendo sus bondades aquí y allá. Incluso convenció al Ministerio de Educación de que le diese su aprobación para el uso eventual en las aulas. Pero nunca consiguió financiación. 100.000 pesetas de la época fueron la barrera que impidió su fabricación.

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