2013, ¿un año sin verano?

Un canal francés pronostica que el oeste de Europa sufrirá unos meses estivales con frío y lluvias, el peor verano que se recuerda desde 1816

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Con una primavera que no acaba de despegar, en la que lluvia, nieve y frío se han mantenido hasta mayo como si del invierno más largo jamás vivido se tratara, el fantasma del año sin verano sobrevuela desde hace un tiempo la cabeza de los más pesimistas.

Las estadísticas y los valores registrados por los termómetros este mes de mayo en Galicia corroboran que hace más frío de lo habitual para la época en la que estamos (dos e incluso tres grados menos de diferencia con respecto a otros años). Por no hablar del manto de nieve que hace unos días volvió a cubrir algunas zonas de la montaña de Lugo. ¿Pero cuánto más habrá que esperar para poder disfrutar del sol y del calor?

El canal francés Metèo asegura que hay un 70 % de probabilidades de que la ausencia de verano en Europa occidental se convierta en realidad. En una de sus últimas predicciones meteorológicas, el canal advierte de que el largo y tardío invierno, que ha dado lugar al enfriamiento de las aguas de los mares, y la débil actividad solar durante los últimos meses podrían tener un efecto directo sobre el clima en el oeste de Europa en los meses estivales. El canal francés augura para entonces golpes de calor de corta duración a los que seguirán violentas tormentas hasta finales de agosto, cuando previsiblemente se recuperará la normalidad. Septiembre y octubre serán, según su previsión, los meses más cálidos y soleados.

Ni mito ni leyenda: 1816 pasó a la historia

El año sin verano no es un mito ni una leyenda: 1816 es conocido por científicos e historiadores como el «año sin verano», el «año de la pobreza» o «mil ochocientos y helados a muerte». Varios fueron los factores que propiciaron aquella crisis climática extrema.

El sol se encontraba entonces en medio del conocido como Mínimo de Dalton, un espacio de tiempo de varios años en el que su actividad magnética era sumamente baja. Como ya suceciera con el período llamado Mínimo de Maunder, que duró desde mediados del siglo XVI hasta comienzos del XVIII y en el que se acumularon decenas de años muy fríos en el hemisferio norte cuando la Pequeña Edad de Hielo se encontraba plenamente vigente, el nuevo mínimo solar también trajo consigo unos inviernos muy duros en Europa y Norteamérica, espacios de los que se conservan datos meteorológicos y de observación.

A esto hay que sumar el mayor cataclismo volcánico de los últimos diez mil años, protagonizado por Tambora, un volcán situado en la pequeña isla de Sumbawa (Indonesia). La erupción tuvo lugar en abril de 1815 y su explosión alcanzó tal magnitud que su altura se redujo casi a la mitad (los 4.000 metros que alcanzaba la cima se redujeron hasta 2.850 tras el cataclismo). Según las crónicas de la época, una intensa lluvia de cenizas pronosticó lo que sería una de las erupciones más violentas jamás vistas por el hombre. Varias islas quedaron cubiertas por un manto de cenizas de varios metros de espesor, provocando la muerte inmediata de sus habitantes. Los tres días siguientes a la explosión una densa nube ensombreció el cielo del archipiélago, siendo visible incluso a 300 kilómetros de distancia. La columna producida por el Tambora fue tan densa que la temperatura descendió bruscamente en medio planeta debido a la reducción de la luz del sol, lo que derivó en graves problemas políticos, económicos y sociales.

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