«Solo lo quise separar», dice el acusado de matar al menor que se coló en su casa en Pontedeume

Alberto Mahía A CORUÑA / LA VOZ

FERROL

La esposa, también procesada por asesinato, reconoció que limpió el puñal y la sangre, pero no para ocultar pruebas

09 abr 2014 . Actualizado a las 18:00 h.

En la madrugada del 10 de julio del 2011 un matrimonio jubilado de Pontedeume descansaba plácidamente en su cama cuando se les coló un intruso. Ella vio su sombra y gritó a su marido para que despertara. Su esposo se quitó la mascarilla con la que duerme, se puso las zapatillas y, sin coger las gafas ni encender la luz, según contó, salió a su encuentro. Se encontraron en el umbral de una habitación y el dueño de la casa comenzó a lanzar al viento un cuchillo que le había pasado su mujer, acertándole hasta en siete ocasiones. Hasta que el muchacho desapareció malherido por una ventana, muriendo desangrado en la calle. Luego se supo que el chico no era un ladrón. Se trataba de un grandísimo estudiante, de familia muy acomodada y amante del deporte. ¿Qué hacía allí aquella noche? ¿Por qué se coló en una casa que ni era la suya ni conocía de nada a sus propietarios? Se habló de una apuesta, de un juego de rol e incluso de que los dueños del inmueble le diesen entrada por algún motivo que se escapa a todo el mundo. A día de hoy, sigue siendo un auténtico misterio. Como lo es también que los dueños de la vivienda tardasen casi una hora en llamar a la Guardia Civil después de limpiar la sangre del cuchillo y de la casa.

Ya empezó el juicio, los acusados dieron su versión, pero sigue sin entenderse qué ocurrió y por qué en aquel domicilio de la avenida de Ferrol, de Pontedeume. Ni el carpintero jubilado José Agustín Fernández Carpente ni su esposa, María del Carmen Fonte Galán, tienen pinta de asesinos. Como tampoco la víctima era un chico de andar metiéndose por las noches en casa ajena. Pero lo cierto es que lo hizo y esa pareja de jubilados le dieron muerte. La familia del muchacho no quiere oír hablar de accidente fatal ni de homicidio en defensa propia, de ahí que sus abogados pidan para ambos una condena de 20 años. Para el fiscal, como para la defensa, fue una fatalidad. Según estos, el hombre se encontró de noche en su casa con un adolescente que le sacaba la cabeza y empezó a agitar un cuchillo con la mala suerte de que le acertó en una arteria.

José Agustín Fernández, defendido por José Luis Gutiérrez Aranguren, explicó al jurado popular que se había acostado sobre la medianoche. Con su mascarilla de oxígeno, su apnea del sueño y sus 68 años. Su esposa lo hizo poco después. Sobre las dos de la madrugada, la mujer oyó ruidos y vio una sombra. «Hay alguien en casa», le gritó a su marido. Este se levantó y fue en busca del intruso. Sin gafas pese a su casi nula visión. Dice que se lo encontró en el umbral de una habitación y el menor lo agarró por el cuello. Fue cuando su esposa gritó al muchacho que lo soltase, que iba a coger un cuchillo. Le entregó el arma, el procesado la cogió y la puerta entreabierta se quedó entre uno y otro. El acusado, según explicó, metió su brazo por ese hueco y lo agitó «de arriba abajo» sin saber a qué le daba. «Lo hice para quitármelo de encima», declaró. ¿Por qué no se encerró en la habitación y llamó a la policía? «No sabía lo que hacía, tenía un miedo terrible», respondió. Respecto a la limpieza del cuchillo y de la sangre, lo achacó al nerviosismo. Su esposa lo ratificó. «Juro ante Dios que no fue para limpiar pruebas», tal y como sostienen las acusaciones (Víctor Espinosa y Jorge Vázquez). «Fue una desgracia», concluyó.