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«Los refugiados no tienen vida»

El sirio Ahmad Matar pasó una auténtica odisea antes de ser acogido por la familia de una cooperante coruñesa a la que conoció en el campo de Idomeni


«¿Vida? ¿Qué vida? Los refugiados no tienen vida, porque en los campos de refugiados no hay nada. No hay comidas, ni medidas higiénicas, faltan mantas... Te van moviendo de un campo a otro y tú solo sientes que todo el mundo se ha olvidado de ti». Ahmad Matar es sirio, tiene 31 años y estos días se dedica a recorrer Galicia para sensibilizar a los jóvenes sobre el desolador escenario de los campos de refugiados. Ayer lo hizo en la Escuela Politécnica de Ferrol, a donde llegó acompañado de Leticia Santaballa, una cooperante coruñesa que cambió su destino al cruzarse en su vida en el campo de refugiados de Idomeni (Grecia).

«Yo estaba allí trabajando como voluntaria y, desde que lo conocimos, Ahmad no dejó de ayudarnos en nuestro trabajo: hacía de intérprete para comunicarnos con los refugiados, recogía basura y siempre estaba dispuesto a echar una mano allí donde hiciese falta», relata esta cooperante y miembro de la Oficina de Voluntariado de la Universidade da Coruña (UDC). Su amistad no hizo más que crecer en el tiempo que pasaron juntos en Grecia y, tras regresar a Galicia el pasado mes de septiembre, Leticia no dudó en abrirle las puertas de su casa de A Coruña. «Desde hace dos meses, vive conmigo y con mis padres, como uno más de la familia», cuenta Leticia sonriente.

Pero antes de llegar a este verde rincón de Europa, Ahmad, cual Ulises, tuvo que pasar por una auténtica odisea. Un largo recorrido lleno de obstáculos y penurias que ayer relató a los alumnos del campus de Ferrol, encogidos al abrigo de una tienda de campaña, como si estuviesen en un campo de refugiados.

Nacido en la ciudad de Raqqa, Ahmad explicó que tuvo que salir de su país a causa de la guerra. Tras una estancia en Líbano llegó a Turquía, donde trabajaba como carpintero, pero un hermano suyo le pidió ayuda para viajar a Europa con su mujer y sus hijas, así que, desafiando a la suerte, no lo dudó dos veces y se embarcó en una peligrosa travesía a bordo de una balsa, cruzando el Mediterráneo desde Esmirna a Grecia. Una vez allí, pasó por varios campos de refugiados, colaborando siempre con el trabajo de voluntarios y de diferentes oenegés. «Cerca de Tesalónica ayudó a montar un centro cultural para adultos», apunta orgullosa su amiga coruñesa.

Ahora que ya no está en Grecia, la falta de comida y de los servicios más básicos en aquellos asentamientos son solamente un recuerdo para Ahmad, pero él no quiere borrar esa imagen de su memoria. «La gente tiene que saber lo que está pasando en los campos de refugiados. Yo ya no estoy allí, pero hay muchas personas que lo siguen pasando mal y necesitan ayuda», dice este joven carpintero que también se defiende como electricista y mecánico. Además de reclamar más atención para los refugiados que se encuentran desplazados en asentamientos temporales, Ahmad también pide más facilidades para aquellos que quieren comenzar una nueva vida en Europa. «En A Coruña me siento muy querido, porque tengo amigos que me han acogido con los brazos abiertos, pero los trámites para poder quedarme aquí de manera legal van muy lentos», comenta al tiempo que explica que para los varones solteros resulta más difícil obtener el permiso de asilo.

Mientras ese momento no llega, Ahmed se dedica a aprender español, da clases de conversación a estudiantes de árabe... Y sigue repitiendo su historia una y otra vez a quien la quiera escuchar. Para que nadie olvide.

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