La detención de Strauss-Kahn no es el fin del FMI, una institución que ya parecía irrecuperable cuando comenzó la recesión por su incompetencia para verla llegar y que, sin embargo, no dejó de ganar atribuciones gracias a ella. Sí puede hacer inaplazable la reforma pactada en la cumbre del G-20 en Seúl que persigue dar más poder a los países emergentes en su gobierno, en consonancia con el mayor peso que han adquirido en la economía mundial.
No es la mejor noticia para Europa en un momento de profunda depresión interna, cuando tiene que acudir corriendo de un rescate financiero a otro y padece una esclerosis institucional que amenaza con desbaratar su proceso de integración: el trasvase de capacidad de voto a las economías de China, la India o Brasil se hará en detrimento de los asientos que tienen reservados los países europeos y servirá para visualizar la pérdida de influencia que aguarda al Viejo Continente.
Un presidente europeo respetado no habría podido evitar ese proceso, esto es evidente, pero sí hubiera podido ayudar a encauzarlo. Pero tras la espantada del español Rodrigo Rato, el escándalo sexual de DSK arrojará serias dudas sobre la capacidad de los europeos para dirigir el organismo, si no se convierte en un argumento para intentar apartarlos del mando. Incluso en el mejor de los escenarios, se hará más difícil que den lecciones a nadie.
No es el único estropicio que se deriva de la conducta irresponsable de Strauss-Kahn. Por su doble condición de socialista y de francés, había conseguido mantener al FMI en una línea constructiva frente a los sucesivos contratiempos que pusieron en peligro la estabilidad del euro. No solo apoyó los rescates de Grecia, Irlanda y ahora Portugal sino que maniobró para anular las reservas de quienes no los veían tan claros.
Está por ver que quien sea llamado para sustituirlo vaya a ser tan receptivo.