El mundo del espionaje afgano ha revelado que la denominada huella química de la bomba que mató a siete agentes de la CIA el pasado día 30 en Afganistán coincide con el material explosivo que usan los servicios secretos de Pakistán (ISI). En principio, el autor del ataque suicida, un supuesto doble agente jordano, infiltrado de Al Qaida, se habría embutido de material similar al que trabaja el ISI, o lo que es lo mismo, la rama del Ejército de Pakistán que va por libre, o que incluso dicta la línea al mismo Ejecutivo, o que le boicotea, o que hace que colabora con EE.?UU. cuando en realidad sigue sus objetivos que poco tienen que ver, haciendo la vista gorda o incluso protegiendo a los miembros cercanos, cuando no mezclados con su propia criatura de laboratorio, los talibanes, o incluso Al Qaida. Todo esto para reflejar que el ISI es la auténtica pesadilla de la CIA, de la Casa Blanca, de la lucha contra el terror, y la derrota perseguida de talibanes y Al Qaida con el esfuerzo militar internacional en Afganistán y el vecino Pakistán.
El 2010, para los analistas en esta materia será el ser o no ser del contingente internacional en Afganistán. El punto de ruptura de la actual inercia de autodefensa, más que de ataque, sería la captura o eliminación de los dos máximos líderes de Al Qaida: Osama Bin Laden, o Ayman al Zawahiri, en su defecto el mulá Omar, líder de los talibanes afganos, también huido. Eso supondría un golpe de efecto de tal calibre que aceleraría la consecución de las metas de estabilidad en la zona y un gol para la CIA, después de tantas derrotas. Una victoria para la Casa Blanca y Obama.
Por eso, cuando el 30 de diciembre, en la base de Khost, en la frontera entre Afganistán y Pakistán, el número dos de la CIA en la zona, y otros seis agentes, entre ellos dos mujeres, se reunieron con su colega jordano, el capitán Sharif Alí bin Zeid -primo del rey-, para ser informados por el agente de este, Jalil al Balawi, sobre el paradero del número dos de Al Qaida, nadie quiso sospechar que aquello fuera una trampa. Ahora, todos muertos, desde el primer minuto en el que Balawi abrió la puerta y estalló con todo el resto por los aires, la CIA y Obama se interrogan sobre lo mal que les va todo, lo mal que lo están haciendo, y lo poco que saben.