La abstinencia ha sido fundamental durante la presidencia de Bush. Tanto que ha marcado poderosamente dos de los aspectos sociales más importantes de su política: la lucha contra el sida y los embarazos no deseados.
En cuanto al sida, las campañas financiadas por la Administración Bush descartaron a las oenegés que promovían el uso de los preservativos para evitar el contagio del VIH provocando la alarma sobre todo en África. En el continente negro, en el que la situación es gravísima, las consecuencias de la abstinencia de Bush se verán con el aumento de la enfermedad durante años, y todo por el choque entre lo que la ciencia considera el mejor método para evitar el contagio y la doctrina cristiana del republicano.
Otro tanto ha ocurrido con los programas para mitigar el número de embarazos adolescentes. Bush llevó al Gobierno federal la misma política que puso en marcha en Tejas cuando era gobernador. Y eso a pesar de los desastrosos resultados que le dieron entonces: la defensa de la abstinencia llevó a Tejas a tener la tasa más alta de partos entre adolescentes de todo EE.?UU.
Rígida moral
Pero la rígida moral fundamentalista no se ha visto solo en la defensa de la abstinencia. Los nombramientos de Bush durante su mandato han puesto en evidencia cuál era la línea de su política. Baste recordar a John Ashcroft, secretario de Justicia, que obligó a tapar los pechos de una estatua, el Espíritu de la Justicia, a la que debía ver más carnal que espiritual. O el de David Hacer, nombrado asesor de fármacos para la salud reproductiva, que se niega a recetar anticonceptivos a mujeres solteras y que defiende la lectura de la Biblia como método para combatir el síndrome premenstrual.
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