Fracasó una primera tentativa para dejarlo libre, que iba a producirse coincidiendo con Fin de Año
06 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.La tarde del sábado, el teléfono sonó en casa de Julia Cendón. En unas horas estaría viajando a Kenia para abrazar a su hermano. «Me llamaron del ministerio y me dijeron que me preparase, porque José y su compañero iban a ser liberados el domingo o el lunes». También le pidieron discreción absoluta, pues era muy posible que las cosas se torciesen. Ya se habían estropeado en Nochevieja. «Moratinos quería que quedase libre para Fin de Año, pero al final no pudo ser». A las 9 de la mañana del domingo, Julia inició su viaje. «Fui de Lavacolla a Barajas. Como perdí el primer avión a París, solo tuve diez minutos para desembarcar y volver a embarcar». Allí se extraviaron sus maletas, que no se trasladaron al avión que se dirigía a Nairobi. Mientras, aseguraba que se encontraba en un balneario. «Me dijeron que quizá tuviese que pasar dos o tres días en Kenia, porque no era seguro que la liberación se produjese el domingo. Al final cruzamos los dedos y hubo suerte».
Mientras, José Cendón y Colin Freeman recorrían a pie la distancia que los separaba de la libertad. Bajaron caminando de las montañas donde habían estado retenidos 40 días. Al llegar al lugar pactado, las cosas se torcieron. «Cuando se estaba produciendo el intercambio, cuando les dijeron tomad esto y dadnos a estas dos personas, estuvieron a punto de llevárselos otra vez», relata Julia. Uno de los 50 miembros del clan que había secuestrado a los dos periodistas y que acudieron al lugar de la liberación los cogió por el brazo para arrastrarlos de vuelta. Tampoco les devolvieron la cámara, propiedad de la agencia francesa AFP, tal y como habían prometido. «La venderán o se la quedarán, porque es un equipo muy caro».
Atrás quedaba más de un mes en el que tuvieron que acostumbrarse al sabor de la carne de cabra cocida y a comer arroz casi a diario. Cendón y Freeman «les enseñaron a preparar la carne a la brasa y se la dieron así durante dos días, pero a los secuestradores no les gustaba como sabía». Los días que había pasta, los secuestrados se frotaban las manos. Pero la alegría duraba solo dos o tres jornadas, porque había serias dificultades para conseguirla.
Hacia las 18.00 horas, José Cendón se echaba a dormir, porque «no había nada más que hacer». El resto de las horas, las mataba jugando al ajedrez o al tres en raya que confeccionó con la ayuda de su compañero británico. «Por lo menos hizo manualidades», bromea su hermana. Y gracias a que conseguían comunicarse con sus captores por medio de gestos, ya que no hablaban el mismo idioma, pudieron participar en una de las diversiones que estos tenían. «Era como una especie de competición en la que saltaban muros y echaban carreras».
Lo que peor llevaba el fotógrafo compostelano durante su cautiverio era no poder comunicarse con su padre. Pidió en numerosas ocasiones poder hablar con él, porque sabía que lo estaría pasando mal. «Mi madre es más fuerte psicológicamente, y si José hablaba con mi padre ella ya se quedaría tranquila». Lo único que no acierta a comprender José Cendón es cómo podían tener «tan poco corazón como para hablar a diario con sus mujeres y sus hijos y no dejarnos hablar con nuestras familias».
Sobre las 6 de la madrugada de ayer, Julia Cendón entraba en la habitación de la residencia del embajador español en Kenia donde descansaba su hermano. «Lo desperté y le di una sorpresa», asegura. Ahora, pasarán un par de días en un lugar «muy grande y muy tranquilo», donde no se escucha el bullicio de los coches y en el que cuentan con una piscina y con jardines para relajarse.