Dos días y dos noches de caos

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

El comando de jóvenes pistoleros entraron por mar, cargados de fusiles de asalto Kalashnikov, munición, explosivos y comida, señal de que su objetivo era resistir varios días la ofensiva de los militares indios

30 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

El simbolismo no podía ser mayor: los pistoleros entraron en Bombay por la Puerta de la India, el monumento que simboliza el país. Llegaron por mar en lanchas, a las 21 horas, desde un buque nodriza. Las cámaras de videovigilancia captaron la imagen: eran muy pocos (quizá solo una docena) y muy jóvenes, cargando fusiles AK-47 y mochilas donde llevaban munición, explosivos y comida en abundancia, señal de que esperaban resistir varios días.

Los terroristas se separaron y en veinte minutos estaban ya en sus objetivos. Dos atacaron la estación de ferrocarril de Shivaji, donde les resultó fácil causar un gran número de víctimas disparando y lanzando granadas contra la multitud. Fue aquí, entre la gente humilde de Bombay, y no en los hoteles de lujo que han dominado la información, donde se produjo mayor número de bajas.

Al mismo tiempo, otros dos grupos ametrallaban el literario Café Leopold y el hospital infantil Cama. La policía reaccionó ya entonces, porque allí perdió la vida el jefe de la brigada antiterrorista y dos atacantes, además de lograrse la detención de otros dos.

Pero el centro de la ciudad era ya presa del caos. Otros pistoleros se hicieron con un coche de policía, y disparaban en marcha camino a sus tres siguientes objetivos: El hotel Taj Mahal, el Oberoi y el edificio Nariman, que aloja una escuela rabínica de la secta Habad.

El asalto comenzó a las diez de la noche, mientras los clientes terminaban de cenar. En el Oberoi había en torno a 380 personas; en el Taj Mahal, unas 450.

Al oír los disparos, muchos trataron de refugiarse en los pisos superiores, comenzando entonces una terrible cacería por los pasillos que iba a durar nada menos que dos días y dos noches.

Cerco de los «gatos negros»

A medianoche, el Ejército ya rodeaba los hoteles, pero su desconocimiento del terreno los paralizaba (a diferencia de los pistoleros, la policía no disponía de buena información sobre las construcciones laberínticas). La prensa india censuraba ayer la descoordinación entre la policía, las fuerzas de élite (los llamados gatos negros ) y la infantería de Marina, que actuaron cada uno por su cuenta.

En realidad, todo el jueves fue un día desperdiciado en el que las fuerzas de seguridad perdieron nada menos que a veinte de sus hombres en tiroteos inútiles por los pasillos de los hoteles. Al menos, algunas decenas de clientes lograron escapar gracias a la confusión.

No fue hasta el viernes, finalmente, que empezó a progresarse un poco. En torno a las siete y media de la mañana, un comando de gatos negros se descolgó sobre el edificio Nariman desde un helicóptero y al poco tiempo uno de ellos emergió haciendo el signo de la victoria ante los aplausos de los curiosos. Después se conocería la amarga realidad: los policías habían matado a los dos terroristas que había en el edificio, pero no antes de que estos tuviesen tiempo de ejecutar a sus seis rehenes. Cierto es que posiblemente ya habían comenzado a asesinarlos al oír el helicóptero y quizá nada los hubiese salvado.

En torno a las once se pasó por fin al asalto en el hotel Oberoi. Pero de nuevo docenas de soldados tuvieron dificultades para encontrar a los dos terroristas, que iban cambiando de piso mientras sus perseguidores se limitaban a ir contando a su paso una veintena de cadáveres. De los cien rehenes, cuarenta escaparon por sus propios medios y el resto fueron liberados por los soldados.

Último reducto

Dos horas después se intentó lo mismo en el Taj Mahal, pero, una vez más, asombrosamente, tres terroristas tuvieron en jaque a los soldados durante otras quince horas más. En las habitaciones seguían apareciendo cuerpos, a veces hasta doce en una sola habitación. La desesperación fue tal que los soldados comenzaron, simplemente, a tirar bombas de mano a través de las ventanas de las habitaciones.

Aún así, no fue hasta la madrugada de ayer que por fin dieron con el último terrorista y los cuerpos de otros dos. La cifra era ya entonces de casi doscientos muertos, un número indeterminado de heridos y el centro de Bombay convertido en un campo de batalla humeante.