El problema es tan grave como el de la energía, aunque los países avanzados apenas lo noten
INTERNACIONAL
Si no ha obtenido el relieve mediático ni la atención política que sí ha alcanzado la crisis energética no es porque la de los alimentos sea menos preocupante, sino porque, a diferencia de aquella, afecta a los países ricos de una manera mucho más atenuada. Pese a ello, los paralelismos entre una y otra son asombrosos.
El alza del precio de los alimentos, que ha escalado un 48% desde finales del 2006, es junto con la del petróleo la causante de un recrudecimiento de la inflación en magnitudes tales que han llevado al director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, a proclamar que esta enfermedad económica «ha vuelto al mundo». Por desgracia, los datos lo avalan.
El mes pasado, el arroz, producto básico en la dieta de numerosos países pobres, alcanzó el precio más alto en 19 años; el trigo casi duplicó su precio promedio de 25 años. Según los datos de la FAO, en el 2007 y el 2008, las economías más depauperadas del planeta han tenido que pagar un 65% más por sus importaciones de cereales, lo que lastra irremediablemente sus tasas de inflación.
Otro paralelismo de la crisis alimentaria con la energética es su carácter estructural, claramente duradero, que se deriva de la desproporción creciente entre oferta y demanda. Este desequilibrio no dejará de agravarse, aunque las cosechas vayan a más, mientras persistan las grandes causas de fondo que están en sus orígenes: el uso industrial de los cereales para producir biocombustible y el aumento del bienestar en las potencias emergentes superpobladas. Previsiblemente, ambos factores acarrearán, a su vez, el descenso de las reservas, lo que excitará aún más la codicia de los especuladores.