«El amor de mi vida». Así presenta Barack Obama a su esposa Michelle, que suele precederle en los mítines con la fuerza de un huracán. Esta mujer que casi le retira la palabra cuando dejó el lucrativo gabinete de abogados para dedicarse a la política se ha convertido en uno de sus mejores activos, y no solo porque cada vez que aparece en el escenario con sus hijas de 6 y 8 años de la mano evoca aún más el anhelado espectro de John Kennedy con el que se le asocia, sino porque EE.?UU. parece estar listo para elegir a un presidente negro o a una presidenta, pero no a un lobo solitario con libertad para flirtear.
Ann Romney es el inseparable florero del candidato republicano Mitt Romney. Cada vez que este se acerca a los votantes se apresura a presentarla con una apostilla. «Llevamos casados 37 años», dice invariablemente.
La historia del candidato que lleva casado toda la vida con su primera novia del instituto que también ostenta Mike Huckabee se ha vuelto tan imprescindible entre los aspirantes republicanos que sin su media naranja parecen estar políticamente acabados.
Es el caso de Rudy Giuliani, cuyo segundo matrimonio acabó en los tabloides cuando se dio a conocer su relación con una amante a la que luego ha convertido en esposa. Poco se imaginaba entonces el alcalde de Nueva York que con aquel agrio divorcio estaba hipotecando su futuro político. Para la masa evangélica sin la que el partido conservador no parece capaz de ganar la presidencia el lío de faldas lo degrada a la categoría moral de Bill Clinton.
En el abanico republicano John McCain también tiene una mancha en el expediente marital, pero sus correligionarios prefieren atribuir ese divorcio a las cicatrices de cinco años como prisionero de Vietnam, pese a que él mismo se atribuye toda la culpa. La ha redimido con los 27 años de buena conducta que lleva casado con segunda esposa, Cindy, y una reputación de honestidad personal que nadie le discute.
Demócratas o republicanas
Pero si bien entre los republicanos la esposa del candidato es un personaje sumiso y sonriente que lo acompaña a todos los actos cogida de la mano, entre los demócratas es un desdoblamiento de este que sigue una agenda paralela de mítines. Entre los dos baten el terreno a conquistar. Así es como Hillary Clinton se convirtió en hija predilecta de New Hampshire, después de que en 1992 se pateara por su cuenta el estado para convencer al electorado de que su marido sería el mejor presidente que habrían visto nunca.