España e Iberoamérica han cambiado ?y sus intereses ya no son los mismos
11 nov 2007 . Actualizado a las 02:00 h.La verdadera bronca de esta XVII Cumbre Iberoamericana ha sido en realidad la que enfrenta a Argentina y Uruguay por el contencioso de la papelera. Pero es comprensible que aquí nos hayamos quedado con ese iracundo «¡Por qué no te callas!» que le espetó el Rey a Hugo Chávez. Y, sin embargo, ni siquiera es esto tampoco lo más serio que le ha pasado a la delegación española en Santiago de Chile.
Menos personal, pero más grave como gesto político, fue que el Rey abandonase la cumbre tras las críticas de Nicaragua a una empresa española.
Cierto que don Juan Carlos estaba ya de mal humor por el incidente con Chávez, cuyo histrionismo no es ya que no sea diplomático, sino que es simplemente cargante.
Pero eso no es todo. Lo cierto es que tanto Iberoamérica como España han cambiado mucho y, siendo objetivos, quien empieza a estar de más en estas cumbres es España, por mucho que sea a Chávez a quien le falte saber estar. Cuando se pusieron en marcha estos encuentros, allá a principios de los años noventa, América era muy diferente.
Entonces, estos países sufrían a manos del Fondo Monetario Internacional (FMI), sudando bajo el peso de la deuda externa y la presión para liberalizar sus economías. La España de Felipe González se veía entonces como «un puente» entre Europa y América, una metáfora de la que se abusó hasta más no poder.
Trampolín
Pero la verdad es que, de manera consciente o no, España no fue un puente, sino un trampolín para sus empresas más fuertes (a su vez, casi todas empresas públicas privatizadas), que han pasado a dominar buena parte de la economía americana e incluso de la portuguesa.
Ahora, fracasado aquel experimento neoliberal del FMI, América está poniendo su fe en otra cosa: un mercado común interno lo más blindado posible y la recuperación del terreno cedido a las empresas extranjeras. Se piense lo que se piense de esa opción, es la que han votado al menos ocho países del continente.
Y en esta nueva configuración de la diplomacia iberoamericana, España es un país más del mundo desarrollado cuyos intereses no son los de los países del Cono Sur.
Ni «madre patria» ni «país hermano», España es un casero al que se le debe dinero.
Ahora es Chávez la nueva estrella de este show, y conviene señalar que fue cuando a Zapatero se le ocurrió contradecirle, aunque fuese mínimamente, cuando le dio por sacar a relucir a Aznar.
¿Qué pintaba el ex presidente-escritor en todo esto? Nada, simplemente era una manera indirecta de decirle a España que no era bienvenida allí.
Jugando en casa
La laxitud con la que trató este ataque de locura bolivariana la anfitriona del encuentro, la chilena Bachelet (que no es precisamente chavista) fue muy significativa. Para que no quedasen dudas, Daniel Ortega, cuya dependencia de Chávez es absoluta, volvió a la carga.
Fue entonces cuando el Rey se dio cuenta de que no estaba jugando en casa y no se quedó ni a escuchar el himno de Chile, ese que, hasta que le cambiaron la letra no hace mucho, hablaba de la «rabia» del rey español (se refería a Fernando VII).