«Dicían que non me levantaría máis da silla de rodas e grazas á máquina ando»

Lucía Rey
Lucía Rey LUGO/LA VOZ.

LUGO

Pablo García es uno de los lucenses que ha vuelto a andar tras rehabilitarse en un innovador robot de la Fundación Neurolóxica Leite Río que «enseña al cerebro a caminar»

09 ene 2011 . Actualizado a las 02:00 h.

Un dispositivo capaz de poner de pie y de volver a enseñar a caminar a personas con lesiones medulares importantes derivadas, por ejemplo, de traumatismos craneoencefálicos o de ictus. Suena a ciencia ficción, pero es real. Y se puede encontrar en Lugo. Se trata del Lokomat, un avanzado sistema robotizado de tecnología suiza que es propiedad de la Fundación Neurolóxica Leite Río y a través del que varios lucenses con problemas severos de movilidad han dado ya un giro de 180 grados a su calidad de vida.

Uno de ellos es Pablo García Varela, de Antas de Ulla. Ahora tiene 47 años, pero hace cuatro, cuando tenía 43, sufrió una hemorragia cerebral que lo dejó postrado en una silla de ruedas. «Un día ao levantarme empezoume a doer moito a cabeza e empecei a suar», relata. Una subida de tensión o un aneurisma [dilatación de una arteria] sin diagnosticar pudieron ser la causa del derrame que lo condujo primero al centro de salud de Antas, después al Xeral de Lugo y de allí al Clínico de Santiago. En el hospital compostelano permaneció ingresado tres meses. Una infección, ataques epilépticos, dos meningitis y una operación para implantarle una válvula en el cerebro mediaron hasta que fue dado de alta. Al volver a casa, era otro. «Non me aguantaba sentado, non me tiña en pé. Os médicos dicían que non me levantaría máis da silla e grazas á maquina puiden volver a andar», explica.

«Fue nuestra salvación»

Poco después inició la rehabilitación en Fisioterapia Ronda, en Lugo, que colabora con la fundación Leite Río. Tras meses de trabajo en clínica, cuando empezó a sostenerse en muletas, Pablo subió a la cinta del Lokomat, que le ayudó a corregir la postura y a ganar estabilidad. Cada sesión duraba unos 35 minutos, y la mejoría fue espectacular. El tratamiento duró dos años, pero mereció la pena. «Agora hai días que ando máis de dez quilómetros e non me canso», dice. «La máquina fue nuestra salvación», concluyó su mujer, Merche.