A la tercera no fue la vencida y los pirómanos del Eros no cejan en su empeño de reducirlo a cenizas, quizás con la intención de que en un futuro resurja en todo su esplendor. En un par de meses, a la sede lucense del dios del amor le han prendido fuego en cuatro ocasiones, hasta el punto de hacerlo arder dos veces en menos de 48 horas.
Los incendiarios no necesitan aprovecharse de la protección que propicia la oscuridad de la noche para llevar a cabo su fechoría. En la ciudad con menos índice de delincuencia, a los pillastres no les hace falta madrugar. A plena luz del día, en las mismas narices del cuartel de bomberos, se cuelan en lo que queda del local para incendiarlo definitivamente con total impunidad. En cada intento van perfeccionando la técnica y puede que en una de estas el espectáculo pirotécnico se les vaya de las manos y pasemos de la simple burla al auténtico desconsuelo. Ya lo dice el refrán: «más vale prevenir que lamentar».
A lamentarnos estamos de sobra acostumbrados. Lo de la prevención es otro cantar, y nadie parece dirigir bien este coro que desafina en casi todas sus actuaciones. Para muchos este asunto huele a chamusquina. Y yo creo que además suena a pitorreo. Más allá de las posibles ocultas razones que les mueven a actuar y de la frustración de no lograr rematar con éxito su objetivo, no quiero ni imaginar la guasa que se deben traer los autores de la fogata cada vez que la atizan. Con toda probabilidad no son los que estén disfrutando de los festejos culinarios en la penitenciaría de Bonxe, pero sin duda serán tema de conversación y provocación de la carcajada en la sobremesa de las francachelas carcelarias.
No debería echarle más leña al fuego pero es difícil entender tanta incompetencia por parte de la autoridad.