Vecinos del municipio vivieron el jueves una tormenta que destrozó tejados, coches y ventanas. Ahora esperan que las instituciones les ayuden a sufragar los costes
El verano ha llegado a la provincia de Lugo con especial fuerza. A las altas temperaturas que registran los termómetros durante estos días, se suman las tormentas y lluvias registradas en las últimas semanas. Una situación meteorológica propia de estos tiempos, pero que está dejando estampas poco comunes. En el municipio de Baralla, el «nunca se había visto cosa parecida» que se oía por las calles de Lugo hace dos semanas debido a las inundaciones que dejó una tormenta de granizo, se repitió en la tarde del pasado jueves. Piedras de hielo de unos 8 centímetros cayeron del cielo durante un cuarto de hora dejando tejados agujereados, cristales rotos y coches abollados. Los dueños de estos bienes buscan ahora una solución para reponer los destrozos causados.
A las siete de la tarde, el cielo de Neira de Rei, una parroquia de Baralla, empezó a ponerse oscuro, parecía de noche. Los vecinos, conocedores de que se avecinaron tormentas cerraron sus casas y esperaron a que pasaran una esperadas lluvias que refrescarían el ambiente. Sin embargo, las precipitaciones no comenzaron con finas gotas de agua, fueron pequeñas piedras de granizo las que dieron comienzo a la tormenta. En menos de 5 minutos, los fragmentos de hielo se hicieron más grandes y el ruido al caer hizo que los habitantes de Neira de Rei se asomasen a la ventana para ver lo que pasaba. Un pedrisco de unos 8 centímetros de ancho estaba destrozando todo lo que encontraba en su camino. Techos de uralita, ventanas, las lunas de los automóviles, todo se iba rompiendo a cada pedrada ante la mirada impotente de unos vecinos que solo podían esperar a que pasase el temporal.
Al salir, el panorama era peor de lo que esperaban. Así lo cuenta Purificación Lamas, una vecina de la parroquia que, entre lágrimas calificaba los destrozos como una catástrofe. «Está todo desfeito, non quedou nada excepto as casas que, ao ser máis duras e ter tellado en vez de uralita, só teñen algunha ventana rota e pouco máis», indica. Cuando Lamas se acercó a la granja que tiene cerca de su vivienda, en cambio, descubrió que apenas debía darle importancia a los daños en la casa. «Dentro da granxa era de día, xa non había escuridade, o tellado desaparecera. Estaba todo furado. Non quedou a salvo nin unha esquina», añade. Las nueve vacas que guardaba en su interior no sufrieron daños, pero el techo estaba inservible. Cerca de la granja, sus coches también presentaban muy mal estado. Estaban abollados y con las lunas rotas.
Al dar un paseo por el pueblo, Lamas comprobó que, el suyo, no era un caso único. Todas las casas de alrededor tenían alguna ventana o cubierta rota. Como ejemplo, Manuel Fernández, un vecino de la zona, vio como quedaba destrozado el techo de uralita que tenía en un cobertizo y cómo se rajaban los plásticos con los que estaba cubierto el silo. «Os danos son moi grandes, eu calculo que duns 5.000 ou 6.000 euros como mínimo. Vainos costar tempo repoñer as pérdidas», afirma.
El mayor problema que encuentran ahora, es sufragar los costes por retirar la uralita. Al ser un equipo especializado quien se encarga de hacerlo, el proceso resulta muy caro.
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