Partiendo de lo más modesto en todos los aspectos, forma parte del pequeño grupo de restaurantes lucenses conocidos bastante más allá de los límites provinciales
21 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.El Atracos es el restaurante en el que algunos clientes sin problemas económicos se citan a comer a menudo. Está al comienzo de la Rúa Nova, en la esquina con la Praza do Campo, y tiene un letrero que pone Campos. Su responsable, Manuel Vázquez, admite que es un establecimiento caro, pero contraataca con la calidad, que no es un latiguillo propagandístico sino una afirmación contrastable en las facturas que le envían los proveedores de mariscos y de pescados desde casi todo el arco costero gallego.
El Campos está en la élite lucense en calidad y precio, pero no siempre fue así ni fue un camino fácil y corto. En 1952, cuando sus padres, Amparo y Manuel, lo alquilaron con las 10.000 pesetas que recaudaron de regalos de boda, este establecimiento era un bar lúgubre, con el suelo de tierra y unas cubas y mesas en las que los mercaderes se aposentaban los martes y viernes con su comida y solo pedían el vino y el pan.
Además de recién casados, Amparo y su marido llegaron, procedentes de O Páramo y Láncara, siendo muy jóvenes y sin tener ni idea del negocio. La mujer no sabía cocinar pero como comprobaron que dar comidas podía ser rentable, le echó arrestos y se puso manos a la obra. Con el tiempo tendría colaboradores, incluidas buenas cocineras de las que aprendió hasta convertirse ella en una auténtica especialista.
Manuel (padre) compaginó el negocio de la hostelería con la copropiedad de una inmobiliaria que durante años fue la principal fuente de ingresos. Con el tiempo compró un coche y viajaba a la costa varias veces por semana a buscar suministro.
A finales de los años 50 un magistrado que acudía a comer diariamente al Campos le regaló al matrimonio propietario dos décimos de lotería que resultaron agraciados con el premio gordo. Emplearon parte del dinero en la compra del bajo y del primer piso y años más tarde compraron el resto del edificio. Hace seis o siete también compraron el de la esquina, ahora incorporado al restaurante.
La anterior gran reforma del Campos tuvo lugar en 1974 y la que acaban de hacer ahora permitió ampliar el negocio a 300 metros cuadrados de espacios de uso público, con cuatro comedores y una nueva zona de raciones que por las noches es un comedor más. Además de los miembros de la familia, incluida la colaboración de la mujer de Manuel, María Jesús Fernández, trabajan alrededor de siete personas en la cocina y otras tantas atendiendo la barra y los comedores. Medio mes de vacaciones y el descanso semanal son un invento que en el Campos descubrieron hace pocos años.