Castroverde y la nieve

José Ramón Ónega

CASTROVERDE

E

ntre las noticias de la nieve hubo una que me interesó. No por su gravedad, sino por su relieve. La cultura es campo donde se forja el espíritu de los que nos bañamos en el río de los sueños. Ocurrió en Castroverde, donde las malas condiciones viarias impidieron la presentación de un libro. O sea, la nieve, ese fenómeno meteorológico y poético.

Al acto, llegaron las autoridades, pero no pudo llegar el autor, mi amigo Xosé María Gómez Vilavella. La cultura está por encima de las cloacas sociales, de la política contumaz y mísera. La cultura es indestructible, pero los elementos han boicoteado sus alas. Y eso ocurrió en Castroverde, el pueblo de más hermoso nombre del mundo. Hay topónimos líricos en todas partes. Son hermosos los nombres de Madrigal de las Altas Torres, Alcalá de los Gazules, y por ahí. Pero Castroverde trae gritos de los castros, del paisaje lujurioso de esta tierra heroica limítrofe con Pol. Castroverde es el castro verde de los que soñamos la Historia e imaginamos los héroes.

Yo aprendí los primeros chispazos del pasado en Xosé María Gómez Vilavella, un hombre de amplio recorrido cultural y amor indestructible por la tierra. Se despertó en mí la fe en las raíces con aquel libro suyo, que guardo como un diamante, Castroverde, bosquejo histórico geográfico. Durante décadas fue mi libro preferido, mi referencia de mi solar natal, de mi Pol en la distancia.

Ahora, Gómez Vilavella escribió Castroverde na historia e no presente. Seguro que es una llama para calentar el corazón en esta invernía de nieve y vientos gélidos. La nieve que no le permitió llegar a Castroverde para presentarlo, la convertirá él en poesía y música del heroico pasado de nuestras bravas gentes.