Unos 70 gitanos portugueses recalaron en Lugo antes de peregrinar a Francia
07 jun 2009 . Actualizado a las 02:00 h.El reloj no superaba las 19.15 horas, pero varias familias de gitanos se disponían ya a cenar en una mesa plegable con vistas al otro lado del río Miño y al parque de Rosalía. Atraído por un agradable olor a comida recién hecha gracias a unos cuantos aparatos electrógenos, la curiosidad me condujo hasta una especie de campamento integrado por 15 grandes roulottes , conducidas por otros tantos vehículos de primeras marcas y gama alta. Con más espacio que si fueran casas adosadas, las caravanas, convenientemente alineadas y todas ellas provistas de antenas parabólicas, ocupaban toda la explanada adyacente al viejo pabellón de deportes.
Procedentes de Oporto, un grupo de unas 75 personas de etnia gitana recalaron en Lugo para una estancia de varios días que concluyó ayer. «Venimos todos los años a pasear, no a coger nada», apuntó Hojaverde, hermoso nombre para una mujer madura que al verme no quería saber nada del reportero que interrumpió su cena.
El grupo peregrina por el Camino pero al revés. «Estuvimos primero en Santiago, fuimos a Coruña, vinimos a Lugo y seguiremos ahora hacia Francia», añade. Asegura que aquí se está bien. «La gente es muy buena, y la policía, también; nos respetó mucho y nos trajo hasta aquí y todo», dice complacida.
Desconfianza inicial
Hasta aquí todo parecería de lo más normal pero minutos antes había ocurrido lo siguiente: «¡Buenas tardes, que aproveche! ¿Alguno de ustedes habla español?» «Todos», contestó un señor corpulento que presidía la mesa desplegable, una de las que escogí al azar. Resultó llamarse Rodrigues Porrado, dato que solo pude conocer tras esquivar las interrogantes que en forma de dardos lanzaban todos los que se iban sumando a la conversación. Algunos, los más desconfiados, formulaban: «¿Para qué preguntas los nombres?».
Un gesto cómplice de Rodrigues, conminando a los demás para que me dejaran continuar, pareció menguar los ánimos, pero apenas había recuperado la tranquilidad, uno de los hombres que casi desde el principio me rodeaba y empujaba insistentemente, arrancó la libreta de mis manos, amenazando con reducirla a virutas. «Ten cuidado con ese, que está loco y ya se cargó a tres», alertó Hojaverde, aunque preferí no creerla.
Con el material de trabajo
Tras un pequeño intercambio de palabras pude recuperar el material de trabajo, si bien fue por poco tiempo pues sin haberse consumido más que unos minutos, otra de las mujeres circundantes advirtió que poseía, además, una pequeña cámara fotográfica.
Tuve la percepción de que tenía que actuar con rapidez si quería sacar algún provecho de mi presencia allí, así que opté por utilizar la cámara que enseguida me fue nuevamente arrebatada de las manos. La mujer se la pasó rápidamente al hombre que Hojaverde consideraba peligroso y éste repitió la misma operación de antes con el añadido de que si la cámara terminaba en el suelo no saldría tan bien parada como la libreta.
Por suerte no sucedió nada, ya que en realidad todo formaba parte de un pequeño ejercicio de intimidación al que no cedí y acabó por reportarme alguno de mis propósitos, consiguiendo incluso hasta cierto buen rollo.
«Como digas algo malo...»
Con la libreta y la cámara en mi poder, regresé al oficio de preguntar y en ese momento alguien del grupo se acercó y en tono serio advirtió: «A ver lo que pones, que como digas algo malo de los gitanos?». Con cada minuto el cerco se iba estrechando y una mujer de avanzada edad profirió: «Nosotros no venimos a coger nada, solo patatas para que coman los niños». Sus palabras provocaron la risa de los demás miembros de la expedición, ya que al parecer era toda una experta en esos avatares.