Matar, morir

LUGO

03 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Matar. Hay mil formas de morir. Y mil formas de matar. A lo largo de su atribulada historia, el mundo ha escudriñado en los rincones más oscuros de su alma con el fin de encontrar más y mejores fórmulas para arrancar la vida. Desde el garrotazo cavernario hasta el hongo nuclear. Del machete a los rifles AK57 que utilizaron los terroristas que convirtieron Bombay en Sarajevo. Del garrote vil a la cámara de gas. Todos grandes avances de la inhumanidad.

Occidente acuñó en los últimos tiempos la expresión guerra inteligente , una de las mayores paradojas lingüísticas y morales de los últimos tiempos. Dos palabras para dulcificar el sabor de la sangre. Para vender que, en un conflicto, el peor cáncer del enemigo podía extirparse con precisión quirúrgica. Pero, al mismo tiempo, los partes de guerra descubrían los llamados daños colaterales. Daños colaterales. Otro intento de azucarar la realidad, pero que evidenciaba que en toda batalla hay alguien que simplemente pasaba por allí y que ya nunca volverá a pasar.

A pesar de su supuesta inteligencia, las guerras recientes han sembrado el mundo de artefactos que guardan la muerte sin fecha de caducidad. Que esperan agazapados, como una alimaña, para morder a los civiles. Y luego los telediarios se convierten en velatorios, en rosarios de lamentos sobre estampas de mutilación sin fronteras. Los mismos países que han minado un territorio se afanan años después en organizar misiones humanitarias para limpiar el suelo ajeno y, sobre todo, la conciencia propia. En el ránking de la injusticia de las mil formas de morir, la del niño que salta por los aires por los restos de un conflicto lejano en el tiempo ocupa un puesto de honor. En la clasificación referente a la estupidez de las modernas formas de matar, también merece plaza de podio. Por eso era necesario decir adiós a las bombas de racimo. Las uvas de la ira.