El Comilonum llegó a sentar en la misma mesa a 2.500 personas, consiguió aunar criterios tan dispares como el del alcalde, José López Orozco y la popular Manuela López Besteiro, que en la edición más multitudinaria (la última, celebrada en 2003) afirmaron convencidos que se trataba de una fiesta más que agradable y, sobre todo, que servía para que se hablara de Lugo fuera de la capital.
Estos eran los principales pros del evento, que también tenía algunos contras . El principal, que no generaba ganancias, sino pérdidas. Cada uno de los comensales pagaba el precio de su entrada por un menú tradicional (cocido, generalmente), que rondaba los treinta euros, pero al coste del alquiler de las carpas había que añadir el del trabajo de los camareros, unos 80 euros. Al final, la fiesta exigía un presupuesto que la Asociación Provincial de Hostelería no estaba en condiciones de asumir.
Ahora, cinco años después, el Comilonum parece que va a volver a congregar a miles de lucenses, cada vez más involucrados con todas las fiestas históricas populares. Ya en las primeras ediciones, algunos de los asistentes lo hacían vestidos de romanos y otros de peregrinos.
Ahora que el Arde Lucus está mucho más consolidado que en sus comienzos, se espera que la asistencia vuelva a ser masiva y, por fin, totalmente romanizada .