Cara a cara con las llamas: la amarga canción de los que luchan contra el fuego
GALICIA
Agentes y brigadistas narran en primera persona una campaña marcada por la tragedia de Fornelos.
03 oct 2010 . Actualizado a las 02:57 h.No ha sido, ni de lejos, el peor verano con el que han tenido que lidiar. Pese al infierno de Laza, el descontrol de Boiro, el desastre del Macizo Central o la tragedia de Fornelos, los gallegos que cada año luchan contra el fuego han visto pasar la temporada como una más. Han vuelto a sentir el calor en la cara, la imprevisibilidad de las llamas, la traición del viento..., pero coinciden en que, a grandes rasgos, ha sido un verano tranquilo. Pese a todo, la mayoría opinan que el tiro sigue estando errado, que más prevención es más seguridad y que la mecha no se enciende por arte de magia. Desde las cuatro provincias, quienes combaten el fuego se han guardado las llamas más abrasadoras para los políticos: «Llevan fracasando treinta años y no aprenden». Este es el testimonio de un grupo de trabajadores que se juegan el bigote en cada salida y que solo aceptaron narrar su cálido verano a cambio del anonimato, resultado de una política invariable: el que habla, sufre represalias.
Alberto, capataz de Brigada de Lugo
«¿Este verán? Unha marabilla». Así de claro se expresa Alberto, que las ha visto ya de todos los colores. La peor, hace unos años, cuando se refugió en una zona quemada para atacar la retaguardia de un frente. El incendio se reactivó a sus espaldas y, cuando se dio cuenta había fuego por todas partes. «Este foi dos máis tranquilos, quitando aqueles nos que choveu». Y quitando los días de Boiro, claro: «Aí si estivemos apurados. Fixemos xornadas de 14 horas. Foi como no 2006». Lucha sin cuartel: «No fronte, o período de descanso non existe. Comes ás seis da tarde e se che chega a auga é de milagre».
Alberto no tiene quejas ni del material ni de los seis mil de Seaga, el colectivo de brigadistas contratados este verano: «Traballaron ben». Tampoco es de los que critican el robusto presupuesto de extinción, pero no se explica lo de Fornelos: «É moi raro que un capataz deixe soa á brigada. Tes que estar ao lado deles. A veces hai que descansar, pero sempre queda alguén responsable da brigada. Non sei que puido pasar».
Mario, agente forestal de Vigo
«Se tés experiencia e te viches en apuros moitas veces, cunha desgraza como a de Fornelos chéganche todos os recordos. A xente quedou tocada. Fornelos o cambiou todo». Mario, que trabaja como coordinador de efectivos en incendios que no requieren la presencia de un ingeniero, conocía, aunque sin trato, a los dos brigadistas que fallecieron. «Entender o lume é moi complicado. A veteranía dáche unha vantaxe á hora de chegar, pero o vento é fundamental, o que máis nos preocupa». El viento, el combustible y la pendiente, explica Mario, son las tres variables cardinales ante un incendio forestal. Y solo una es imprevisible.
De otra manera, Mario, también opina que la campaña ha sido suave: «Nada que ver con outros anos, como o 2006. Alí foron moitos máis incendios e en menos días». No comparte las críticas hacia la falta de material -«foi o mesmo de sempre»-, ni a la bisoñez de los brigadistas: «A pé de lume, pouca diferenza hai».
Andrés, palista con 33 años de experiencia
«El resumen del verano es muy sencillo: más presupuesto, más gente y menos ganas de trabajar». Andrés no se muerde la lengua. Aplica una visión global al problema: «¿Usted concibe que un hospital o un centro de salud dedicara el 90% de su presupuesto al servicio de urgencias? Ridículo, ¿no? Pues eso es lo que hacemos en Galicia con la política forestal».
Andrés, cuenta, hizo la mili en carros de combate. Y de ahí le debió quedar esa pasión por el buldócer. Quienes los han visto trabajar, alucinan: la oruga a tumba abierta cortando el paso a las llamas por pendientes imposibles: «Nunca por encima del 40%», precisa Andrés, que subraya que la seguridad es lo primero, aunque también sabe que, cada verano, a su máquina hay que cambiarle las gomas de las ventanillas, resecas del puro fuego. Y son muchos años en el tajo. Este, donde más trabajó fue en el Macizo Central, uno de los incendios que ha tenido peores consecuencias medioambientales: «Allí han sido todos intereses ganaderos».
«El problema -analiza Andrés- es que aquí se ha extinguido el indígena rural y lo hemos suplido por muchachos y muchachas urbanos. Al de la boina no tenías que darle explicaciones y a estos les das un sacho y te dicen que no tiene homologación comunitaria. Y digo un sacho como la boquilla de una manguera. Lo que nosotros hacemos es matar moscas a cañonazos. Pero como nadie apaga el fuego, nos llaman todos los días». O mejor, todas las noches, cuando los aviones no pueden volar: «Los medios aéreos son muy efectivos... psicológicamente. Y muy caros. Una hora de vuelo de un helicóptero cuesta 1.500 euros. ¿Sabe cuánto pagan por la de un buldócer? Setenta. Todo esto está muy mal organizado. En cualquier ciudad hay un protocolo de actuación para cada edificio. Los bomberos saben lo que tienen que hacer si hay un incendio, porque lo exige la ley. ¿Existe un protocolo si se produce fuego en Os Ancares, en O Courel o en el Macizo Central?».
-¿Y por qué cree que se mantienen todas esas carencias?
-¿Usted sabe la cantidad de dinero que mueve el fuego?
Ramón, brigadista de Lugo
Ramón es uno de los seis mil contratados temporales contra el fuego. Su historia es la de muchos. Con 27 años llegó rebotado de la hostelería. Presentó «un montón de papeles», según cuenta, se sometió a las pruebas físicas (ocho vueltas a una pista de atletismo con una mochila de 11 kilos) y asistió a un cursillo de dos días. Uno teórico y otro práctico. Menos de una semana después de llegar a su destino, ya estaba frente a un incendio que duró tres días: «Pensei que ía a ter máis medo. Pero logo, cando cheguei, sentínme mellor». Relata que el jefe de su brigada le aportó seguridad: «Ía mirando como facían os outros e eu facía o mesmo». Sabe que el trabajo de quienes, como él, han aterrizado en las llamas sin apenas preparación, ha sido puesto en el punto de mira. «Pero, na miña cuadrilla, nunca tiveron que frear por min». Dice que en otras es posible, que ha visto chavales indolentes y jefes de brigada con la misma experiencia que él. Incluso que, al principio, pensó en cambiar de cuadrilla a otra en la que tenía algún amigo. «Pero cambiei de idea. O meu xefe dábame moita seguridade. Sempre sabe o que hai que facer».
En los dos meses escasos que lleva enrolado en el servicio, ya le ha dado tiempo a pasar algún susto. El mes pasado, un incendio pequeño se avivó de golpe con el viento: «O fogo estaba nun costado e, eu, enriba da motobomba tirando mangueira». De repente, una ráfaga envió el fuego al otro lado: «Eu non me din conta, porque estaba agachado, pero sentín moito calor nas costas. Dixéronme que saltara e tireime». Las llamas le pasaron por encima, aunque a Ramón no le dio tiempo a darse cuenta del incidente.
Con lo mucho o lo poco que le ha tocado vivir en este par de meses, no se lo piensa mucho: si puede, volverá el año que viene. Cobra poco más de mil euros, pero valora especialmente las condiciones de trabajo: «Catro días traballando e dous de descanso. Iso non se ten en tódolos traballos».