Dice el Estatuto de Autonomía de Galicia que el Parlamento es la primera institución del país, de la que derivan todas las demás, por ser la que emana directamente de la soberanía popular. Entre sus funciones principales están la de ejercer la «potestade lexislativa» de la comunidad y la de «controlar» la labor de la Xunta. ¿Pero quién controla al Parlamento?
La pregunta no tiene fácil respuesta porque, en realidad, a la Cámara autónoma no la fiscaliza nadie. Mejor dicho, se fiscaliza ella a sí misma, a través de los miembros de la Mesa (el gobierno del Parlamento), un órgano en el que suelen estar representadas todas las fuerzas políticas y que no acostumbra a publicitar sus deliberaciones.
Ni siquiera el Consello de Contas, el órgano fiscalizador de la comunidad autónoma, tiene capacidad para auditar el gasto de los diputados y las cuentas de la Cámara, que este año maneja un presupuesto global de 18,5 millones de euros. Es más, el propio Consello de Contas es un órgano dependiente del Parlamento, que se encarga de nombrar por mayoría cualificada a sus miembros para que fiscalicen -en función de un plan de trabajo que marca el propio Parlamento- a la Xunta y todos sus órganos y empresas dependientes, a las diputaciones provinciales, a las universidades, las cofradías de pescadores o a las cámaras de comercio.
Pero esta institución primigenia, que tiene carácter inviolable, queda al margen, pues el Consello de Contas nunca hizo un informe aleatorio de las finanzas de la Cámara en toda la historia de la democracia en Galicia, aunque desde la casona de O Hórreo sí se acostumbra a remitir a Contas un informe orientativo sobre su presupuesto.
Tampoco entra el Parlamento en el ámbito de aplicación de la Lei 4/2006 de Transparencia e Boas Prácticas na Administración Pública de Galicia, concebida por el anterior Gobierno bipartito de la Xunta para garantizar la transparencia y la eficiencia en la gestión pública.
Así que cualquier asunto que afecte a la gestión económica del órgano legislativo tiene que dirimirse en su seno, en la Mesa, que al final será la encargada de dirimir -y si acaso tapar- sus vergüenzas.