Alfonso no llegó a conocer la cárcel. Ni siquiera estuvo detenido, pero es uno de los que ha visto su vida más trastornada por la injusticia. En plena reconversión de Astano, él era un administrativo del departamento de recursos humanos. Allí tramitó muchas de las prejubilaciones y bajas incentivadas que cambiaron para siempre el perfil de la comarca. Una de ellas para alguien que ya había muerto. La irregularidad fue una medida de gracia de la empresa a la viuda de un trabajador que falleció antes de que se le reconociera una incapacidad.
Las circunstancias hicieron que el asunto, ni el primero ni el último que Astano amparó en aquellos tiempos, acabara denunciado. Lo que Alfonso nunca ha podido entender es por qué, además de a la empresa y a unos sindicalistas que quisieron aprovecharse de la viuda, lo procesaron también a él, que se limitó a tramitar los papeles que le enviaban a su mesa. No valieron las quejas ni las explicaciones. Su nombre y su foto aparecieron en los periódicos bajo la acusación de estafa.
«Yo era entonces concejal en Cabanas. Después de una cosa así, ¿con qué cara vas a ver a tu vecino para pedirle el voto?». Alfonso fue víctima de otra de las caras oscuras de la Justicia, su esclerosis. Para sentar el hecho sencillo de que él solo era un trabajador y, por tanto ajeno a la decisión que adoptó la empresa, tuvieron que pasar nueve años. Casi un decenio pendiente de juicio, de condena, «con un cuchillo en la garganta», como dice él.
La falsa acusación fue el principio de la cuesta abajo. Problemas familiares, accidentes, cambios de residencia y, de vez en cuando, citaciones. Una vez lo vinieron a buscar un pelotón de guardias, cinco: «Cuando llamaron a la puerta, no me lo creía. ''Es para asegurarnos que va a acudir mañana al juicio'', me dijeron». Y convocatorias de juicios hubo varias: «En otra ocasión vine conduciendo toda la noche desde Almería para asistir a la vista. Cuando llegué me dijeron que se había suspendido».
Para entonces, Alfonso ya era otra persona. «Al principio iba por la calle mirando al suelo. Poco a poco te vas hundiendo y entras en una espiral nefasta en la que te cuestionas todo». Un día, en su coche, frente a un acantilado en Roquetas de Mar puso las cartas boca arriba: «Me dije a mí mismo: o le echas huevos y te levantas, o acabamos con todo ahora mismo». Afortunadamente, fue lo primero. Aún tuvieron que pasar algunos años hasta que un tribunal lo absolviera. Ahora, vive en un municipio distinto de aquel en el que fue concejal -«no paro por allí ni aunque se me pinche una rueda», dice- y trabaja duro para sacar la carrera de Derecho. Pero no olvida. ¿Cómo hacerlo? «Lo que no perdono es el daño que le hice a mi madre. No se lo perdono a los que me denunciaron, pero tampoco me lo perdono a mí».
Alfonso no ha pleiteado contra quienes lo denunciaron a él, pero sí ha comenzado una batalla contra el Estado por haber mantenido sin resolver durante nueve años un trámite que podía haber solventado en 15 días. De momento, ya tiene una sentencia a su favor aunque, como él dice, «nada te compensa».