Manuel estuvo dos meses en prisión por un delito que no cometió. Por el peor de los delitos, por violar a una chica de 16 años. La menor lo denunció porque, según sostiene, le «quería sacar dinero». Era una joven a la que ayudaba. Tenía problemas y, como inmigrante y metido en una asociación de ayuda, se involucró con la familia de la menor. Hasta que un día recibe la visita de la policía. Para detenerlo. «No entendía nada. No podía creer que aquello me estuviese pasando a mí. Al principio pensé que en unas horas se arreglaría, pero pasaron días. Meses incluso. Solo la muerte supera un dolor como el que sufrí», afirma.
Comprobó que no se estaba investigando el asunto, que el proceso seguía su curso sin que nadie pusiese una sola prueba sobre la mesa de que Manuel había abusado de una menor. Así que se puso manos a la obra. Buceó en las llamadas telefónicas que realizó la víctima el día en que supuestamente se habían cometido los hechos. Y a la misma hora que la chica había dicho que fue violada se descubre que estaba hablando con su madre por teléfono. Luego demostraría que él se encontraba muy lejos de la chica aquel día. Ni con esas le levantaron la imputación. Hasta que llegó el día del juicio. Y ahí sí. El juez escuchó a las partes, vio las pruebas y no pudo hacer otra cosa que absolverlo.
¿Quién le resarce de todo aquello? Manuel dice que no hay nada que repare su dolor. «Imagínese que una persona que no ha pisado un cuartel de policía en su vida ni para pagar una multa, que no sabe ni dónde están los juzgados y, de repente, lo meten en una cárcel como violador, entre ladrones, delincuentes de todo tipo y asesinos. Aquellos días fueron el mayor de los infiernos. Lloraba de rabia, me retorcía al pensar que la policía no hacía nada por averiguar la verdad. La versión de la joven podía más que todas las pruebas que me exculpaban», recuerda.
Con el tiempo descubrió que tras la acusación de la menor había una trama orquestada por la familia de ella. Era gente «problemática», que le pagó con la peor de las traiciones la ayuda que les prestó para salir adelante. Viajó con ellos, pasaba horas con ellos. Y un día decidieron «hundirme».
Es cierto, afirma, que «cuesta imaginar que alguien sea capaz de hacer algo tan horrible, que tenga la vileza de hundir a una persona por dinero. Hasta que a uno le ocurre, no lo cree». Pero sucedió. Un caso semejante ocurrió hace años en el municipio de Miño, cuando la Guardia Civil fue a detener a un individuo en su casa porque una mujer había denunciado el día anterior que había sido violada por él. Los agentes llegaron al domicilio del hombre y descubrieron que llevaba dos semanas grave en la uci por un accidente de tráfico. De hecho, el Equipo de la Mujer y el Menor de la Guardia Civil reconoce que «existen muchas denuncias falsas de agresión sexual. Muchas más de lo que la gente se cree».
Sospecha
Pero eso no alivia el dolor de Manuel, que además de estar encerrado en una cárcel sin motivo vio cómo algunos amigos o conocidos lo señalaban como un violador de menores. La sombra de la sospecha «siempre está sobre uno», lamenta. «Nadie puede creer que encierren a una persona por nada. Y eso es lo que más duele», dice.
Lo único grato que recuerda de aquello es el apoyo de amigos, familiares y el de su abogado, el penalista Manuel Ferreiro, que en el juicio «desmontó todas las acusaciones».