Los puntos limpios (hay 50 en la provincia de A Coruña, 27 en Lugo, 18 en Ourense y 26 en Pontevedra) son centros en los que los ciudadanos pueden depositar residuos que generan sus hogares y que precisan una gestión específica, bien por su tamaño (los voluminosos) como por su composición (caso de las pilas, disolventes y otros materiales peligrosos).
Aunque, en general, allí van a parar los desechos que no pueden depositarse en los contenedores verdes y amarillos de la calle, a los puntos limpios tampoco llega cualquier residuo. O, al menos, no debería. Así, en estos recintos solo se puede almacenar, además de los objetos voluminosos, papel y cartón, vidrio, plásticos, metales, material textil, espráis, tubos fluorescentes, baterías, aceites usados, medicamentos, radiografías y material inerte procedente de pequeñas obras domésticas. Es decir, los escombros o residuos industriales generados por grandes y medianas empresas o por autónomos no tienen como destino los puntos limpios.
El objetivo de estas instalaciones es la separación de desechos generados en los hogares y evitar su vertido incontrolado. De ahí que su labor consista en controlar la recepción de los residuos a su llegada, clasificarlos y agrupar los de naturaleza compatible, y enviarlos a centros de reciclaje específicos.
El de Lugo funciona bien
Pese a que algunos puntos funcionan de manera deficiente en Galicia, también hay ejemplos de buena gestión. Es el caso del de Lugo, donde el tratamiento de los residuos voluminosos ya no está en manos de Sogama sino de gestores autorizados. El año pasado, según fuentes municipales, se registró un incremento en la entrega de desechos, sobre todo lavadoras, neveras, hornos, cocinas, radios, lámparas, vídeos y televisores, de los que se recibieron 4.822 unidades. Al punto limpio lucense (el Concello busca abrir un segundo) también llegaron 3.055 equipos informáticos, 3.024 cedés y tóneres, 369 móviles, 657 baterías, 2.292 litros de aceite doméstico y 76 kilos de medicamentos.