De la asistencia a domicilio a las residencias cinco estrellas, chequeamos en dos jornadas cómo han solucionado siete familias gallegas el reto que ha supuesto la dependencia de sus mayores
17 may 2009 . Actualizado a las 02:09 h.Es una pregunta incómoda y desasosegante. Muchas veces, más que eso. Es una urgencia que requiere atención inmediata y para la que el sistema no está muy bien preparado. A medida que Galicia envejece, el problema de la atención a los mayores se acrecienta. Y miles de familias gallegas se enfrentan a una situación compleja. El abuelo ha empezado a mostrar pequeñas lagunas de memoria o ha sufrido un accidente, una enfermedad que le resta autonomía y seguridad. ¿Qué hacer?
«Cuidarlo, por supuesto», responde el doctor Millán Calenti, gerontólogo de la Universidade da Coruña y director de la residencia A Milagrosa. «Lo normal es que ante esta situación muchas familias busquen algún recurso que, en un primer momento, podría ser la ayuda a domicilio. Pero es cierto que llega un momento en que el deterioro supone ya una carga muy elevada para la familia».
La siguiente estación en el proceso de atención al mayor suele ser el centro de día donde, con mayores o menores dotaciones, un equipo especializado se ocupa de atender al paciente durante la jornada, para que luego regrese a dormir a su casa. Cuando la exigencia de atención supera este recurso, apenas queda otra alternativa que el internamiento en una residencia o la atención permanente de un profesional o, la mayoría de las veces, un familiar.
«Es evidente que los recursos públicos no alcanzan para cubrir la demanda que se produce en Galicia -señala el director de una residencia privada-, pero la Administración debería fijar un justiprecio y concertar las plazas que necesite». En realidad, la Xunta ya tiene algunos conciertos con entidades privadas para plazas de residentes, aunque la demanda está lejos de ser cubierta y ha revelado la aparición de residencias ilegales donde los mayores viven en condiciones lamentables.
Precios altos
Si el usuario no consigue una plaza pública o subvencionada y requiere una atención continuada, difícilmente podrá encontrarla por menos de 1.200 euros al mes, un precio mucho más asequible del que se podría esperar en Madrid o Barcelona, pero muy severo para las condiciones económicas de Galicia. Las pensiones, la base sobre la que se sustenta la atención del mayor, son las más bajas de España y, en un porcentaje elevado de jubilados en el medio rural, rondan los 500 euros.
La opción de seguir en casa tampoco es económica. Una acompañante no especializada que cuide a un mayor con ligeros deterioros cognitivos y que ayude en el domicilio puede costar unos cinco euros la hora. Una asistenta profesional, necesaria para un gran dependiente, se dispara ya a los diez. La única posibilidad para muchas familias es cuidar personalmente a sus mayores, con el coste que supone para el resto de la vida familiar y muchas veces también para la laboral.
Entre hoy y mañana, La Voz se acerca a esta problemática a través de los casos de siete familias que tomaron soluciones distintas en función de sus principios personales y de sus condiciones económicas. Siete historias de envejecimiento, de cariño y sacrificio vinculadas por una conclusión común: el sistema sigue sin dar una solución eficiente cuando surge la pregunta de partida: Y ahora ¿qué hago con mi padre?