La mujer que dormía con un espray paralizante debajo de la almohada

GALICIA

Una maltratada de A Coruña denuncia el fracaso de las políticas de protección a las víctimas mientras vive la angustia de la inminente salida de la cárcel de su agresor

10 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Noelia tiene 32 años, dos hijas y una angustia que no la deja vivir. Ya casi se ha acostumbrado a dormir con un ojo abierto y otro cerrado y, por si la vence el sueño, también con un espray paralizante bajo la almohada. No es algo tan raro cuando se vive al límite del terror, cuando el calendario descuenta los días, pocos, que quedan para que el monstruo de sus pesadillas salga de prisión.

Su historia es la de tantas. Hace unos años conoció a un hombre, se enamoró y el mundo era maravilloso. Hasta que todo cambió. Por completo. «Fue cuando vinimos a A Coruña y me quedé embarazada», recuerda. Ella ya tenía un divorcio sin conflictos y una hija. «Empezó a decirme que no podía salir; no me dejaba hablar con nadie, aunque él salía y a veces ni siquiera regresaba en unos días. Luego fue cuando empezó a levantarme la mano».

El guión sigue invariable. Ella calla, aguanta, resiste en silencio. Un día, la paliza fue intolerable. «Hacía poco que había dado a luz y fui a denunciar». Y ahí, Noelia empezó a darse cuenta de que las cosas no iban a ser fáciles: «Me preguntaron si tenía dónde ir y, como dije que no, me llevaron a una casa de acogida». Y allí estuvieron las tres hasta que se celebró el juicio, dos semanas después. Una ironía. Ella encerrada, él en libertad. «El día del juicio, un policía me avisó por si quería salir antes, porque si no me iba a encontrar con el agresor en la puerta».

Golpeada y enferma

A él le cayeron ocho meses que no cumplió al no tener antecedentes y una orden de alejamiento que tampoco cumplió. La primera noche ya intentó acercarse. Y no fue la única vez. Noelia se estremece cuando recuerda algunos episodios de aquellos días; como él fue insistiendo, de buenas maneras, de malas. Culpabilizándola de sus desgracias, acercándose...

Y entonces llegó la enfermedad, la que no se nombra y se trata con quimioterapia. Fueron los peores momentos. «Una noche me pateó en el suelo y luego me ató a una silla. Levantó a las niñas para que vieran cómo me pegaba y les dijo que me iba a matar».

Hay que tocar el fondo para empezar a subir. Dolorida por las palizas, calva por la quimio, hundida por la vida, Noelia se levantó. Un día después dijo que se iba a la compra y huyó con las niñas a casa de unos familiares. Él no tardó mucho en localizarla. Cuando llamó a la puerta, se encerró con las niñas en una habitación desde la que oyó la discusión, el griterío, los golpes. «Y luego un silencio terrible. Ya está, pensé, ahora va entrar y me va a matar». Cuando se abrió la puerta, Noelia estaba a punto de saltar por la ventana. Un policía se lo impidió. El agresor había escapado. Tardaron siete días en detenerlo. Siete días de terror inenarrable.

Ni para la medicación

Al fin, el sádico entre rejas. Pero Noelia estaba entonces sin casa, sin dinero, sin trabajo y enferma: «No tenía ni para la medicación». ¿Y el salario da liberdade? «Me dijeron que tendría que esperar entre uno y dos años para cobrarlo». Fue menos. Noelia contó su caso en La Voz y consiguió el interés político. En ocho meses le hicieron el pago único, 6.000 euros: «Me dijeron que había tenido suerte, que había mujeres que llevaban esperando por ese pago más de un año y medio». Hasta entonces pasó por la casa de varios familiares e incluso por Cáritas, que en alguna ocasión tuvo que comprarle la comida. «También me prometieron un empleo, y todavía estoy esperando por él». A su agresor le ingresaron inmediatamente su última nómina en la cárcel.

Cuando el maltratador salió, a los catorce meses, solo tardó cuatro días en localizarla en su nuevo domicilio. Lo vio desde la ventana y avisó a la policía. Le costó que la creyeran. Mucho. Pero no se amilanó y en un par de días consiguió enterarse dónde podía ser localizado. Esta vez, la policía sí la creyó y el agresor fue detenido y encarcelado de nuevo. Vulnerar la orden de alejamiento le supuso otra condena de nueve meses que vence en los primeros días de julio. Así que el miedo sigue disparado. Un ojo cerrado y el otro abierto, la llave doblada en la puerta blindada y una frase nada tranquilizadora que le sale debajo de unos ojos llorosos: «Tengo tanto miedo a la ley como al maltratador».