El líder que no pudo consolidar el nacionalismo desde la Xunta

S. Lorenzo

GALICIA

El sucesor de Beiras cierra un período de cinco años y medio al frente del BNG con el regusto amargo de la oportunidad perdida

15 mar 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Mañana se cumple el tercer aniversario de una fecha que ya forma parte para siempre de la historia política de este país. El 16 de marzo del 2006, el BNG presidió, por vez primera en su historia, una reunión del Consello de la Xunta. El honor recayó en Anxo Quintana, que se benefició de la ausencia de Touriño por un viaje oficial para explotar con habilidad su ascenso temporal a la cima del organigrama autonómico. El presidente, en un gesto que transparentó un recelo hacia el socio que alimentó la imagen letal de un bipartito dividido, no concedió más oportunidades al vicepresidente nacionalista, pero ese momento perdurará en la trayectoria de Quintana como imagen de lo que pudo ser y no fue.

Quintana (Allariz, 1959) presume de haber sido «cociñeiro antes que fraile». Lo hizo con asiduidad en la que ha sido su última campaña como candidato nacionalista a la Xunta. Y así es. Su carrera política se inició en las riberas del Arnoia, donde comenzó como concejal y se curtió políticamente con Suárez Canal y Francisco García. Hace ahora 20 años, Quintana marcó la primera muesca en su trayectoria, al acceder a la alcaldía de Allariz tras una revuelta popular. El episodio quedó bendecido por una sucesión de mayorías absolutas y una política urbanística reconocida por la UE que sigue siendo el mejor escaparate para la gestión nacionalista.

Tras once años en la alcaldía alaricana, Quintana convirtió el Senado en su trampolín político para el aterrizaje en la portavocía nacional del BNG como sucesor nada menos que de Xosé Manuel Beiras. Quintana, entonces coordinador del Bloque, era el hombre de consenso. Carecía de la brillantez intelectual y del carisma del graduado en Económicas en la Sorbona, pero disponía de otras virtudes que ejercitó con destreza al frente de la coalición frentista, como el carácter dialogante y el trabajo metódico.

La experiencia de la moqueta

Pero Quintana nunca pudo invertir la curva descendente en los apoyos electorales que el nacionalismo había comenzado a experimentar tras alcanzar su techo histórico en las autonómicas de 1997. En su primer intento como candidato a la Xunta, en los comicios que obligaron a Fraga a hacer las maletas, el BNG perdió el 3% de los votos cosechados en el 2001. El declive electoral continuaba, incluso en una coyuntura favorable creada por la crisis política que sucedió a la catástrofe del Prestige, pero esa lectura quedaría solapada por la entrada del nacionalismo en la Xunta. Anxo tenía ángel, o simplemente había llegado en el momento oportuno. Pero la moqueta no reportó los réditos esperados. En muchos aspectos, la gestión entró con frecuencia en chirriantes contradicciones con el discurso de denuncia del clientelismo que el BNG había ejercido con firmeza desde los bancos de la oposición en O Hórreo. Una parte del electorado nacionalista no llegó a entender que quienes airearon la política fraguista del chiringuito reprodujeran ese mismo esquema en su primera experiencia de gobierno. Por supuesto, el Bloque también tuvo aciertos, como una gestión decidida en materia de vivienda que su socio de Gobierno se encargó de torpedear. Al final, todo confluyó en el desalojo precipitado del poder que Quintana expió ayer haciendo lo que corresponde en democracia.

Los que han pasado más horas con él durante los últimos cuatro años cuentan que en esa etapa el joven que se crió en el barrio vigués de O Calvario descuidó su proximidad con la gente. Tal vez. A partir de hoy, tendrá tiempo para reflexionar sobre los aciertos y errores, y para llevar a la práctica una de sus citas de cabecera. Porque, en efecto, «a paciencia é unha virtude revolucionaria». Y alivia cuando vienen mal dadas.