Pasó dos noches sin dormir y sin comer en las que tomó 35 copas y cinco gramos de cocaína

La Voz

VIGO CIUDAD

El jurado declaró probado que el 12 de julio del 2006 Jacobo Piñeiro, un vecino de Cangas que llevaba dos días de juerga sin dormir ni comer, fue invitado a su piso por el camarero de un pub de Vigo, Isaac Pérez. Este último era homosexual y compartía piso con su amigo, el brasileño Julio Anderson Luciano.

El jurado opta por dar por buena la versión de Jacobo porque no hay pruebas que la contradigan y porque es la misma que sostuvo desde el principio. Jacobo declaró que aceptó la invitación para dormir en el piso y, siempre según su versión, a las cuatro de la madrugada irrumpió en su habitación Julio, un hombre alto y musculoso, que estaba desnudo y que lo amenazó con un cuchillo para que lo acompañase a la habitación de Isaac. Jacobo temió que sus anfitriones quisiesen violarlo y asesinarlo, por lo que intentó arrebatarle el cuchillo por el filo (de ahí que sufriese un corte en la palma de la mano). Tras quitarle el arma, le asestó a Julio 22 puñaladas, una de ellas mortal. Luego, Jacobo se enfrentó en el pasillo con Isaac, armado con otro cuchillo, al que propinó 35 cuchilladas. Por ello, el jurado no ve probado que Jacobo tuviese intención de matarlos inicialmente. No actuó por crueldad, como dijo el fiscal, sino porque fue presa del «pánico». Luego, arrastró a los malheridos a sus cuartos donde los ató y remató, aunque «él no tuvo consciencia de cuándo fallecieron».

«Borrachera lúcida»

El tribunal sostiene que esos actos de violencia no son ensañamiento, sino fruto del prolongado consumo de drogas y alcohol del acusado y de la cocaína que esnifó Julio «al menos dos horas antes de su muerte».

Considera que los efectos de las drogas se disiparon poco después del crimen y que, entonces, el acusado logró un grado mínimo de consciencia o una «borrachera lúcida», en palabras del psiquiatra llamado por la defensa. El jurado cree que esa borrachera, «sin anular la compresión de los hechos, la desvirtúa». Y, de ahí, que el implicado tuviese cierta consciencia cuando quiso borrar las huellas y simular un robo. Para ello, quemó los cadáveres, incendió la casa con cinco focos de fuego y abrió el gas.