«Si empujas, subes»: cómo regresar a casa en noitebús desde A Laracha

A CORUÑA CIUDAD

Los servicios disponibles no son suficientes y, cada sábado, decenas de jóvenes se quedan esperando en la calle al autobús de línea, mientras que otros vuelven en taxi

04 oct 2008 . Actualizado a las 13:04 h.

«Hablamos más tarde. De cinco y media a siete y cuarto de la madrugada. ¿Dónde? En el cajero o en la calle o en las cabinas de teléfono, donde no haga frío». Es ficticia la conversación, sí, pero no descabellada. Por lo menos en A Laracha. El escenario de estas palabras: un sábado -ya domingo- a las cinco y media de la madrugada. Como este que acaba de pasar, mismamente. A esa hora varias decenas de jóvenes esperaban delante de la discoteca Pazos por el noitebús. De pie o sentados, algunos ya descalzos, apurando las últimas conversaciones.

Son amigos, comparten la diversión de una noche de marcha en la localidad, pero a esta hora se vuelven rivales. Se enfrentan para poder subir al autobús que los debería llevar, sanos y salvos, a casa, a sabiendas de que el que no haga fuerza se quedará en tierra o tendrá que irse en taxi. Da igual que hayan abonado los dos euros pertinentes por ida y vuelta. Si no empujan, no suben. Así lo explican Carolina Castelo y Belén Gómez, siempre vigilantes, al mismo tiempo, a la inminente llegada del autobús.

Otros muchos de los que este sábado habían elegido A Laracha como lugar de diversión corroboraban sus palabras: Paz Estraviz, Marylin Rodríguez, Melanie Rey, Tere Medín, Sheila, Julio o Jonathan, por ir acortando la lista. «Por la fuerza van entrando y lo consiguen sobre todo los chicos, claro», explica una de las jóvenes. Efectivamente, todo lo que ellos cuentan, se pudo comprobar tan solo unos minutos más tarde.

Sobre las seis menos cuarto de la madrugada aparece el autobús. «Corre, corre», se gritan unos a otros. El conductor tiene que hacer sonar la bocina para que los jóvenes no se agolpen -aunque lo hacen- delante del vehículo. Entonces comienza la lucha. Por donde debe subir uno, ahora hay dos o tres. Con un pie en el suelo, otro ya en el autobús. No vale perder oportunidad. Lo que haga falta. Brazos, manos, gritos. Enfados. «Yo paso de pelearme más, espero hasta las siete y cuarto de la mañana», afirma una joven que ya ha perdido las esperanzas de lograr subir. Tras el caos, el recuento: al igual que esta chica, suman varias decenas los jóvenes que se han quedado en tierra, algunos de ellos habiendo pagado por el servicio. Como muestra de ello, el tique en su mano, conservado con esperanza a lo largo de la noche. «Supuestamente, si tienes el papel, tienes preferencia». Pero no siempre es así. Y ellos lo saben. Por eso recurren a la fuerza más que a enseñarlo. Visto lo visto, es más eficaz.

Pasando frío hasta las siete

Siete y cuarto, concretamente. La hora en la que pasa la primera línea regular de autobuses que conduce desde A Laracha hasta A Coruña. Los que no pudieron subirse en el noitebús tiene en él una de las posibilidades para volver a casa. Los locales ya están cerrados. El cuerpo, aún siendo joven, ya cansado. ¿Qué hacer durante esas dos horas? La respuesta de una chica -con experiencia en esta espera, por supuesto- es clara: «Perder el tiempo y sobre todo, pasar mucho frío». Aunque, la verdad, hay un remedio. Pero también en este caso hay que empujar y correr para conseguirlo: las cabinas de teléfono y los cajeros automáticos, lugares que el sábado varios jóvenes habían vuelto a convertir en «salas de espera», algo más climatizadas que la calle.

O eso o irse en taxi. Pagado por uno mismo -que no siempre es fácil- o acogiéndose a los que el propietario de la discoteca Pazos, Alberto Pazos, contrata para que los jóvenes no tengan que soportar dos horas de intemperie. De su bolsillo, claro. El sábado había cinco.

Finalmente, queda la fórmula del padre resignado. «A mí me vienen a buscar: es más fácil que pelearse por subir», decía Uxía Rey. Y lo cierto es que, en A Laracha, hacerlo sin un rasguño es toda una gran hazaña.