El caladero verde de Cariño

GALICIA

Personal portugués trabaja para grupos de propietarios de montes de la costa norte coruñesa, que han decidido comercializar la madera para evitar intermediarios

29 jul 2008 . Actualizado a las 02:28 h.

El Gran Sol también está en A Pedra, en el concello de Cariño. El Gran Sol es un bar que mira a la ría y al coto de Masanteu. Dentro, en la charla que acompaña al chato y a la caña de mediodía, los paisanos no hablan de la pesca del bonito, ni de la merluza. La conversación gira en torno al eucalipto. Porque ahí, en Cariño, la gente ha dejado de mirar al mar para poner los ojos en el monte. Lo han convertido en su gran cantera verde. E igual que el mar, el monte también se lleva a sus muertos. Hace dos semanas, ahí, en A Pedra, un «pau» acabó con la vida de un trabajador.

«La gente ya no embarca porque el mar da poco dinero, por aquí hay muchos que trabajan en el bosque, talando con la procesadora o a mano», explica el presidente de la Asociación de Productores de Madera sin Ánimo de Lucro de Cariño (Promaca), Daniel Montero, un hombre ya jubilado que ha puesto su experiencia en el sector forestal al servicio de los dueños de montes de la zona.

Este colectivo de propietarios, integrado en la asociación gallega Promagal y que tiene entidades homólogas en los ayuntamientos de Cerdido, Cedeira, Moeche, San Sadurniño, As Somozas, Foz, Viveiro, Xove o Mañón, nació hace un año. Algunos propietarios, cansados de que los intermediarios encargados de realizar las talas llevaran un alto beneficio de la explotación de su cantera , optaron por asociarse para obtener un mayor rendimiento al monte y comercializar la madera de forma directa.

El objetivo es recibir por los árboles su valor real en el mercado, lo que marca el peso real de cada pieza. «Antes la madera te la pagaban a bulto, antes de que la cortasen. Entonces te daban mucho menos dinero por lo que producían los árboles, pero ahora te dan lo que realmente cuesta porque el producto está pesado y controlado», comenta Daniel. En un año, los montes de Cariño que pertenecen a miembros de la asociación han producido ya 12.000 toneladas de madera libre de corteza, la que se corta con procesadora.

Uno de los propietarios integrados en el colectivo, que no ha querido facilitar su nombre, aporta una cifra: «El eucalipto subió, claro. En el 2006, por unas 1.100 toneladas nos pagaron unos 28.000 euros. Un año después, por esa misma cantidad nos dieron unos 41.700 euros». La razón de la revalorización es que antes la cantidad acordada se marcaba a bulto, era una estimación de lo que podía contener un monte concreto. Pero desde que existe la asociación el valor es el que pesan los troncos, una vez cortados y listos para el transporte. Pese a la diferencia, por ahora, no todo el mundo confía en este modelo de trabajo. «Es complicado convencer a la gente», comenta el responsable de la asociación en el municipio.

Los colectivos integrados en Promagal cortan madera para un empresario portugués encargado de distribuir la madera para Marruecos e Italia. Los troncos embarcan en los puertos de Ferrol y Celeiro para poner rumbo a esos destinos o incluso a Portugal. Antes de la irrupción de este distribuidor en la zona, era Norfor, una compañía del Grupo Ence, la que talaba la mayor parte de los bosques de la comarca. Junto a ellos convivía alguna otra empresa más pequeña que cortaba árboles para otras compañías ubicadas en ayuntamientos de la comarca.

Con el empresario luso llegaron también los portugueses, trabajadores que cada quince días hacen la ruta desde Oporto para las talas de las asociaciones pertenecientes a Promagal. Eduardo Melo hace el camino cada dos semanas entre Anadía -junto a Coímbra- y Cerdido. Ahí, en ese municipio, en un arcén de la carretera que conduce a Ferrol, apila troncos que luego vendrá a recoger un camión para cargarlos hasta Ortigueira, donde serán convertidos en pequeños troncos para leña. «Estos son de mala calidade, son a ramallada que queda», comentan.

Los gordos, los buenos, son utilizados para la pasta de papel. Son muchos los montículos con troncos que se apilan junto a la vía, aguardando que llegue algún camión para embarcarlos o llevarlos a algún municipio vecino. Están identificados con colores. Un color, un dueño. Es el lenguaje forestal.

Sin protección

El joven portugués continúa el trabajo. Maneja el hacha subido a la montaña de troncos pequeños que se acumulan junto al asfalto. Trabaja en vaqueros. Desde un tractor con grúa, lo ayuda su compañero Carlos Teles. Ninguno de los dos lleva medidas de protección. Falta el casco, capaz de salvar muchas vidas, y el pantalón de protección. «Para manexar o tractor non fan falla; agora únicamente estamos aquí un momentiño. O casco e o pantalón de protección son para a xente que corta as árbores no monte», explica el joven que está en la cima de la madera. Aguarda a que llegue el camión que quitará los troncos del camino. Luego habrá otro montón.